Por Martín De Ambrosio / Periodistas por el Planeta.– París era una fiesta. Así se vivió en la sala de prensa cuando, en diciembre de 2015, el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Laurent Fabius, bajó el martillo y dio por concluida la COP21. Con ese gesto quedó sellado el Acuerdo de París, el tratado que desde entonces guía la acción global frente al cambio climático. La euforia, sin embargo, contrastaba con la fragilidad del documento: un marco de voluntades, sí, pero lejos de ser un punto de llegada.
Diez años después, con el cambio climático presente a diario en eventos extremos, llega el momento inevitable de evaluar qué dejó París y qué puede esperarse de la próxima década.
París: lo que prometió y lo que logró
Para América Latina existe un consenso entre los expertos: el Acuerdo de París no cumplió todo lo que prometía. Fue apenas un paso dentro del largo y complejo proceso de alinear a 196 países para tomar medidas que protejan a las sociedades y a la naturaleza. Una no puede existir sin la otra.
Su fragilidad y su fortaleza provienen del mismo lugar: la voluntad política. Los países acordaron evitar las peores consecuencias de una atmósfera alterada por las emisiones que comenzaron con la era industrial y el uso masivo de combustibles fósiles como carbón, petróleo y gas.
Aun así, los negociadores coinciden en un punto. Lo que debe evitarse es repetir el destino del Protocolo de Kioto, aquel acuerdo pionero de 1997 que terminó debilitado por la falta de adhesión política y por su arquitectura diferenciada entre países desarrollados y en desarrollo.
“El Acuerdo de París sigue siendo una frontera y un horizonte. El límite es la motivación política, agravada por gobiernos negacionistas”, Andrés Nápoli, director ejecutivo de FARN (Argentina).
Aun así, Nápoli considera que el Acuerdo de París es “un buen instrumento” para América Latina. La existencia de compromisos nacionales de reducción de emisiones permite, por ejemplo, exigir políticas más claras y coherentes.
Florencia Ortúzar Greene, directora del programa Clima de AIDA, coincide con esa mirada. “El Acuerdo es una herramienta desde la cual nuestros países pueden exigir compromisos y justicia. Pero, en la práctica, el apoyo ha sido limitado. Las promesas no se han traducido en suficiente acción ni recursos. Aun así, es algo; sin este marco común estaríamos aún peor”, señala.

Una década de implementación: avances y bloqueos
En esta década de negociaciones —interrumpida solo durante la pandemia— se avanzó en la implementación del Acuerdo de París. El objetivo sigue siendo el mismo: limitar el calentamiento global por debajo de los 2 °C y hacer esfuerzos para que no supere los 1,5 °C respecto de los niveles preindustriales.
Con el paso de los años, la adaptación ganó un lugar central. Ya no alcanza con reducir emisiones; también es necesario prepararse para los impactos que una atmósfera alterada genera en los eventos meteorológicos.
El financiamiento fue otro punto clave y muy discutido. Los países industrializados deben aportar recursos a las naciones en desarrollo, que no provocaron el problema pero sí sufren sus efectos. Esa transferencia de dinero ha sido insuficiente durante los últimos diez años, y también antes.

Financiamiento: la gran deuda
“Si no fluye el financiamiento, se avanza mucho más lento de lo esperable”, señala Walter Oyhantçábal, ingeniero agrónomo e integrante del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), el grupo que asesora científicamente a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.
Oyhantçábal explica que la reglamentación del Acuerdo de París tardó en ponerse en práctica. Aún hoy siguen en discusión los montos y los plazos de esa transferencia de recursos.
Aun así, destaca un avance clave: la adaptación quedó en el mismo nivel que la mitigación. “Eso es muy positivo para América Latina. Nuestras emisiones provienen de la agricultura y son difíciles de reducir. Se puede dejar de usar petróleo porque existen energías renovables y tecnología. Pero en la agricultura no hay reemplazo salvo que cambien las dietas. Y ahí surgen dudas sobre si es posible y qué ocurre con los rumiantes en nuestros pastizales y la pérdida de diversidad”, explica.
El desafío latinoamericano: agricultura, emisiones y adaptación
América Latina es, en su mayoría, una región agropecuaria. Salvo algunos núcleos industriales en Brasil, México y, cada vez menos, en Argentina, las emisiones provienen sobre todo del sector agrícola y ganadero. “Estamos emitiendo un poco más, por más stock y más producción”, admite Oyhantçábal.
El experto destaca el caso de Uruguay, que logró aumentar su producción sin incrementar las emisiones de metano. “Se logra con buenas prácticas, mejores dietas y controles en la fertilidad del rodeo. Hay menos animales que no quedan preñados y que, aun así, emiten. Además, mejoran los ingresos del campo”, explica. Este enfoque podría replicarse en otras zonas agrícolas de la región.
Transición energética: entre la urgencia y la tentación fósil
Un último punto de análisis es la transición energética. La región necesita abandonar el modelo de explotación que llevó al mundo a la crisis climática actual. Sin embargo, persiste la idea de que los recursos fósiles que aún quedan bajo el suelo latinoamericano deben aprovecharse. Esta postura se refuerza por la falta de incentivos económicos externos, especialmente por la ausencia de la financiación prometida por los países desarrollados.
“La región está lejos de una transición energética real. Faltan decisiones políticas y políticas de direccionamiento conjunto”, sostiene Nápoli.
América Latina comparte desafíos estructurales —pérdida de biodiversidad, desertificación, olas de calor extremas— pero aún carece de respuestas coordinadas.
Diez años después: un balance abierto
En el contexto global, no es que el Acuerdo de París avance en el mundo y quede rezagado en América Latina. Ocurre más bien lo contrario. Taryn Fransen, directora de Ciencia, Investigación y Datos del Programa de Clima Global del World Resources Institute, resume la situación: “Cuando se adoptó el Acuerdo de París, en 2015, el mundo iba hacia un desastre de un calentamiento de 4 °C respecto de la era preindustrial”.
Según Fransen, las energías limpias y las políticas climáticas impulsadas por algunas grandes economías bajo el marco del Acuerdo permitieron cambiar esa trayectoria. Aun así, reconoce que el objetivo de mantenerse por debajo de 1,5 °C se aleja. “En lugar de 4 °C vamos a 2,5 °C o 3 °C. Es un gran avance, pero sigue siendo un gran riesgo”, afirma.
También advierte que las tensiones geopolíticas y la falta de confianza dificultan el proceso. Por eso, destaca el rol de la COP: “Es el único foro global donde todos los países, especialmente los más vulnerables, tienen un lugar en la mesa. La COP no se trata solo de negociar objetivos; es un espacio vital para alzar la voz de quienes menos contribuyeron al cambio climático y más sufren sus impactos”.
Este artículo es parte de COMUNIDAD PLANETA, un proyecto periodístico liderado por Periodistas por el Planeta (PxP) en América Latina, del que AMBIENTA forma parte.

