La conservación de los bosques nativos ha dejado de ser una consigna ambientalista para transformarse en una prioridad urgente de supervivencia biológica. En un escenario global profundamente marcado por la crisis climática, la preservación de especies como el ombú, el roble uruguayo y el arrayán resulta clave para regular el clima y sostener la biodiversidad regional.
Sin embargo, el panorama internacional es alarmante. Según los últimos datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el planeta pierde cerca de 10 millones de hectáreas de bosques cada año. Mientras que en rincones como Nepal la necesidad de leña es el motor principal de la pérdida forestal, en Sudamérica la destrucción avanza empujada por la expansión agresiva de la frontera agrícola.

Monte de Ombúes y su entorno de humedales
Frente a la debacle forestal internacional, Uruguay alberga un ecosistema único en la región del Plata: el Monte de Ombúes en el departamento de Rocha. Este tesoro natural, que se extiende a lo largo de una franja de 20 kilómetros en el entorno de la Laguna de Castillos y el arroyo Valizas, conforma la agrupación de esta especie más grande del cono sur.
Aunque el ombú es originario de Paraguay y de la provincia de Misiones (Argentina), este monte nativo resguarda ejemplares históricos que superan los 500 años de edad. En este entorno, la especie convive en un denso equilibrio biológico con talas, ceibos, espinillos y arrayanes. Debido a su valor patrimonial, el monte ingresó al Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP) y se integra dentro de los Humedales del Este, territorio declarado Reserva de la Biósfera por la UNESCO.
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Un refugio biológico de relevancia internacional
Los encargados de su conservación definen a estos árboles históricos como verdaderos «fósiles vivientes». A nivel global, existen muy pocas comunidades botánicas tan antiguas y valiosas en el mundo, equiparables únicamente a los montes de secuoyas en América del Norte, los baobabs africanos, el drago de las islas Canarias o los milenarios alerces chilenos.
Este ecosistema estratégico cumple funciones vitales que superan ampliamente la simple absorción de dióxido de carbono:
- Santuario ornitológico. La Laguna de Castillos y el arroyo Valizas son un hogar clave para la fauna. Allí se han documentado más de 250 especies de aves, como patos, garzas, biguás, teros y flamencos. Además, la zona cuenta con un mirador especializado para el ecoturismo y la investigación.
- Sostén de biodiversidad. El monte provee refugio, nidificación y alimento exclusivo a decenas de especies nativas. Su conservación es clave para proteger a mamíferos y reptiles de fauna autóctona en peligro.
- Regulación hídrica. Al formar parte de un complejo de humedales protegido, el monte actúa como una esponja natural que regula las cuencas de agua. Previene inundaciones y garantiza la salud ambiental de la población regional.
Estrategias globales de restauración
La recuperación de estos entornos es una misión viable si se ejecutan políticas de gestión activa. Un referente histórico de este impacto es el legado de Wangari Maathai, fundadora del Movimiento Cinturón Verde en Kenia. Su iniciativa comunitaria logró la plantación de más de 50 millones de árboles, demostrando que la restauración ecológica es un motor de cambio social y empoderamiento.
Para contener el avance de la deforestación y proteger los montes nativos locales, los organismos de conservación señalan cuatro ejes de acción inmediata:
| Eje Estratégico | Línea de Acción | Beneficio Ecológico |
| Reforestación urbana | Introducción planificada de ejemplares nativos en ciudades. | Conectividad biológica y mitigación térmica. |
| Fiscalización rural | Control estricto sobre la expansión de la frontera agrícola. | Freno a la degradación de suelos y montes nativos. |
| Consumo responsable | Reducción sistemática de derivados de madera sin certificar. | Alivio de la presión comercial sobre bosques nativos. |
| Restauración activa | Financiamiento de proyectos en ecosistemas degradados. | Recuperación a largo plazo de la biodiversidad local. |
Cuidar la densidad de los montes nativos e invertir en el desarrollo forestal autóctono constituye una estrategia generacional indispensable para blindar el territorio frente al calentamiento global.

