Durante siglos creímos que el océano era infinito. Lo imaginamos tan vasto que ninguna actividad humana podría alterarlo significativamente; tan poderoso que absorbería nuestros residuos, regularía el clima y sostendría la vida indefinidamente. Hoy sabemos que estábamos profundamente equivocados.

La Tercera Evaluación Mundial de los Océanos (WOA-3, 2026), presentada por las Naciones Unidas, confirma que el sistema que durante millones de años mantuvo el equilibrio biológico del planeta está sometido a presiones sin precedentes. Hace algunos años advertíamos sobre la agonía de los motores biológicos de la Tierra y sobre la ruptura progresiva del diálogo entre la humanidad y la naturaleza (Sommer, 2002). Hoy, la evidencia científica global demuestra que aquella preocupación estaba plenamente justificada.

Más de 590 expertos de 86 países participaron durante cuatro años en la elaboración del informe más completo realizado hasta la fecha sobre el estado de los mares. Sus conclusiones son taxativas: el océano continúa sosteniendo la vida en el planeta, pero los mecanismos biológicos que permiten esa función muestran señales crecientes de deterioro. La pregunta ya no es si el océano está cambiando; la pregunta es si seremos capaces de comprender la magnitud de ese cambio antes de que algunos procesos fundamentales crucen umbrales irreversibles.

El gran regulador invisible

Cuando observamos el océano solemos ver agua: una inmensa extensión azul que cubre más del setenta por ciento de la superficie terrestre. Sin embargo, bajo esa aparente uniformidad funciona una maquinaria biológica de extraordinaria complejidad. Billones de organismos microscópicos capturan carbono, producen oxígeno y sostienen cadenas alimentarias que conectan la atmósfera, las costas y las profundidades marinas.

El océano no es simplemente un ecosistema; es el gran regulador de la vida en la Tierra. Modera la temperatura global, almacena calor, absorbe dióxido de carbono, produce una parte sustancial del oxígeno que respiramos y sostiene la biodiversidad más extensa del planeta.

Microfotografía de células de fitoplancton bajo el microscopio, la base biológica que regula el ciclo del carbono y el oxígeno en el océano.

Figura 1. El fitoplancton constituye la base de la bomba biológica oceánica. Estos organismos microscópicos capturan dióxido de carbono atmosférico, producen una proporción significativa del oxígeno planetario y sostienen las cadenas alimentarias marinas que regulan el funcionamiento del sistema terrestre.

En el corazón de este sistema opera la denominada bomba biológica oceánica, un mecanismo mediante el cual el fitoplancton captura carbono atmosférico y lo transporta hacia las profundidades a través de complejas interacciones biológicas. Una parte de ese carbono permanece almacenada durante siglos e incluso milenios. Sin este proceso natural, el calentamiento global actual sería considerablemente más intenso. Pero estos motores biológicos no son indestructibles.

La tormenta perfecta: Presión antrópica y desigualdad

La WOA-3 describe un escenario que define una tormenta perfecta. El crecimiento de la población mundial, la expansión económica, el aumento del consumo energético, las transformaciones tecnológicas, las tensiones geopolíticas y el cambio climático convergen sobre un mismo sistema natural. Actualmente, más de un tercio de la humanidad vive en zonas costeras, y la demanda de alimentos, energía, transporte e infraestructura marina continúa creciendo de forma exponencial.

Esta presión es el reflejo de un modelo socioeconómico profundamente desigual. Mientras el 15% de la población mundial concentra el 56% del consumo global, el 40% más pobre representa apenas el 11% (WWF, 2024). Este desequilibrio se traduce en un déficit ecológico alarmante: la humanidad consume anualmente más del 20% de los recursos que la Tierra es capaz de regenerar, y los modelos proyectan que para el año 2050 estaremos devorando entre el 180% y el 220% de la capacidad biológica del planeta.

Lo verdaderamente preocupante no es cada presión por separado, sino su acción simultánea. Los ecosistemas marinos evolucionaron durante millones de años enfrentando perturbaciones aisladas. Hoy deben responder al mismo tiempo al calentamiento, la acidificación, la pérdida de oxígeno, la destrucción de hábitats y la inyección masiva de contaminantes.

Anualmente vertimos a la atmósfera más de 37.000 millones de toneladas de CO2 y descargamos a los mares más de 70.000 productos químicos sintéticos cuyos impactos ecológicos a largo plazo ni siquiera monitorizamos (Global Carbon Project, 2025). La resiliencia de numerosos sistemas comienza a mostrar signos de agotamiento; los motores biológicos continúan funcionando, pero lo hacen bajo condiciones cada vez más extremas.

Buque arrastrero industrial extrayendo una red masiva llena de peces en el océano.

Figura 2. Las múltiples presiones humanas sobre el océano actúan simultáneamente. Urbanización costera, contaminación, sobrepesca, transporte marítimo, infraestructura energética y cambio climático conforman una «tormenta perfecta» que supera la capacidad natural de recuperación de numerosos ecosistemas.

El océano se está calentando y vaciando

La nueva evaluación confirma que los océanos han absorbido la mayor parte del exceso de calor generado por las actividades humanas, una tendencia respaldada por los alarmantes escenarios del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, 2023). La aceleración es evidente: aproximadamente el 16% del incremento total del contenido de calor oceánico registrado desde 1955 ocurrió solamente a partir de 2018. Como consecuencia, el nivel medio del mar aumenta a una velocidad cercana a los 4,3 milímetros por año —más del doble de las tasas observadas una década atrás— y las olas de calor marinas se han duplicado desde los años ochenta.

A este estrés térmico se suma el colapso de los recursos vivos por la sobrepesca. La flota pesquera mundial es un 40% mayor de lo que los océanos pueden sostener de forma sostenible (FAO, 2024). Casi el 75% de las principales poblaciones de peces marinos experimentan sobrepesca o están al límite de su capacidad, amenazando especies comerciales críticas como el bacalao del Atlántico y diversas clases de atún. El impacto no es solo comercial, sino ecológico: la pesca de arrastre destruye los hábitats bentónicos esenciales para la reproducción, y la captura incidental ahoga anualmente a más de 54.000 cetáceos enredados en aparejos perdidos o activos.

Infografía comparativa sobre el impacto del calentamiento y las olas de calor en el océano, mostrando la transición de un arrecife de coral saludable hacia el blanqueamiento y deterioro sistémico.

Figura 3. El calentamiento oceánico y las olas de calor.

Biodiversidad bajo presión

Las consecuencias de esta degradación sistémica ya están a la vista de la ciencia:

  • Colapso de hábitats críticos: Las praderas marinas han perdido cerca del 29% de su superficie global y el 60% de los humedales y lagos naturales ha desaparecido en los últimos cuarenta años. En las costas, el 50% de los ecosistemas (arrecifes, manglares y marismas) ha sido alterado o destruido; de hecho, más del 52% de los arrecifes de coral está amenazado y el 27% ya se considera perdido de forma irreversible (IPBES, 2019).
  • Extinción masiva y asfixia: El Índice Planeta Vivo (IPV) demostró una reducción del 35% en las poblaciones marinas entre 1970 y 2000. Actualmente, la escorrentía de nutrientes terrestres ha multiplicado las zonas de hipoxia (zonas muertas sin oxígeno). Más de 11.000 especies están amenazadas a nivel global (World Wildlife Fund, 2024).
  • La plaga del plástico: La contaminación por plásticos se ha disparado y afecta directamente a más de 4.000 especies marinas —casi tres veces más de las registradas en las evaluaciones previas—, comprometiendo al 27% de los mamíferos marinos conocidos (IPBES, 2019).

El océano que aún desconocemos

Paradójicamente, mientras modificamos aceleradamente el océano, seguimos sin conocer gran parte de él. La mayor parte de las profundidades oceánicas permanece insuficientemente explorada y solo una fracción limitada del fondo marino ha sido cartografiada con precisión. Conocemos mejor la superficie de algunos cuerpos planetarios que extensas regiones del océano profundo terrestre.

Estamos alterando procesos ecológicos, geoquímicos y climáticos cuya complejidad aún no comprendemos completamente. Nunca antes una especie había intervenido tan profundamente en un sistema del que sabía tan poco. La ignorancia científica no disminuye el riesgo; por el contrario, lo amplifica.

Nueva especie de coral de bambú en el océano profundo de Uruguay.

Figura 4. A pesar de su importancia para la estabilidad climática y biológica del planeta, gran parte del océano profundo permanece inexplorado. La humanidad está modificando procesos fundamentales de un sistema cuya complejidad todavía no comprende plenamente. (En la imagen: posible nueva especie de coral de bambú a 2.415 metros en el cañón submarino de Cabo Polonio. Foto: Instituto Schmidt del Océano / Expedición Uruguay Sub 200).

Carbono azul: una esperanza necesaria

Entre las soluciones emergentes destaca el denominado carbono azul. Los manglares, las marismas y las praderas marinas poseen una notable capacidad para capturar y almacenar carbono, al mismo tiempo que protegen las costas, sostienen la biodiversidad y proporcionan recursos esenciales para numerosas comunidades humanas.

Sin embargo, la propia WOA-3 advierte que incluso una restauración masiva de estos ecosistemas no sería suficiente para compensar las emisiones globales actuales. El carbono azul constituye una herramienta valiosa, no una solución mágica. La conservación y restauración de estos sumideros naturales debe avanzar de manera paralela a una reducción drástica, urgente y efectiva de las emisiones industriales de gases de efecto invernadero.

Una sola salud

Uno de los aportes más innovadores de la nueva evaluación es la incorporación del enfoque denominado Una Salud (One Health). La idea es tan simple como profunda: la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas forman parte de una misma realidad indivisible.

La contaminación marina afecta directamente los alimentos que consumimos; el uso desmedido de plaguicidas provoca de 3,5 a 5 millones de envenenamientos humanos agudos al año en las zonas costeras y agrícolas. La degradación de los ecosistemas impacta sobre las economías de más de 1.000 millones de personas que dependen del pescado como su principal fuente de proteína.

Pero el océano también proporciona algo más difícil de cuantificar en un laboratorio: cultura, identidad, bienestar y un sentido profundo de pertenencia. Cuando el océano enferma, también se debilitan los vínculos espirituales y sociales que unen a las comunidades con la naturaleza.

Gobernanza y alfabetización oceánica

La WOA-3 incorpora una dimensión política y social indispensable: la gobernanza. La ciencia por sí sola no resolverá los problemas que enfrenta el océano; se requieren instituciones eficaces, vinculantes, cooperación internacional y una verdadera participación social. Por primera vez, la evaluación reconoce explícitamente la importancia de los conocimientos indígenas, tradicionales y locales como componentes esenciales para gestionar los ecosistemas marinos de forma justo.

Al mismo tiempo, cobra relevancia un concepto que será decisivo durante las próximas décadas: la alfabetización oceánica. No es posible proteger aquello que no se comprende. La educación ambiental deja de ser una herramienta complementaria para convertirse en una condición indispensable para la supervivencia. Una sociedad que comprende su dependencia absoluta del océano estará mejor preparada para exigir un cambio de rumbo.

La última advertencia

A lo largo de nuestra historia, operamos bajo la premisa de que el océano era demasiado grande para sufrir por nuestras acciones. Hoy, la ciencia nos demuestra el revés de nuestra soberbia. La cuestión ya no es cuánto más puede resistir el océano; la verdadera cuestión es cuánto tiempo más podremos seguir ignorando los gritos de un motor que empieza a detenerse.

No estamos salvando al océano. Estamos intentando preservar las condiciones climáticas y biológicas que hicieron posible nuestra propia existencia. Porque cuando los motores biológicos del planeta terminan de fallar, la naturaleza no desaparece: simplemente deja de ser el hogar que permitió nuestra evolución. Y entonces, el problema deja de ser ecológico. Se convierte, definitiva y dramáticamente, en humano.


Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.


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Doctor en Ciencias Naturales por la Christian-Albrechts-Universität (Kiel, Alemania) y Licenciado en Oceanografía Biológica. Con más de 46 años de experiencia internacional, su trabajo une la investigación científica con la política ambiental y el desarrollo sostenible. Ha liderado proyectos de gestión técnica para la protección de ecosistemas marinos en Europa y América Latina.

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