Entre agosto de 2025 y julio de 2026, la deforestación en la Amazonía brasileña alcanzó su nivel más bajo en diez años. En ese período se perdieron 287.400 hectáreas de vegetación. La degradación del bosque aún continúa. Sin embargo, el indicador marca un giro histórico en la protección del bioma.

Respecto al año anterior, la destrucción se redujo en más de 162.000 hectáreas y se ubicó un 55% por debajo del promedio de la última década. Este logro permitió salvar, en tan solo doce meses, una superficie equivalente a más de ocho veces la ciudad de Montevideo.

Las mediciones del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE) trascienden cualquier anuncio político. La preservación de esta masa forestal no es una métrica de gestión, sino la garantía de equilibrio ambiental para toda la región.

Vista aérea del contraste entre vegetación nativa y deforestación en la Amazonía en Sinop, Mato Grosso.
Impacto de la deforestación en la Amazonía en la región de Sinop Mato Grosso Foto Florian Plaucheur AFP

El impacto ecológico de la selva en el clima regional

La Amazonía es una gigantesca masa forestal de seis millones de kilómetros cuadrados que se extiende a lo largo de nueve países sudamericanos.

Alberga el diez por ciento de la biodiversidad conocida, además de ser el hogar de 47 millones de personas, entre las que destacan más de dos millones de indígenas pertenecientes a 400 pueblos originarios.

Más allá de su biodiversidad, el verdadero motor de este ecosistema funciona en el aire. Cada día, la evapotranspiración de los miles de millones de árboles amazónicos libera enormes volúmenes de agua a la atmósfera, por ejemplo, a través de los llamados «ríos voladores».

Estas corrientes de humedad viajan miles de kilómetros hacia el sur y regulan el régimen de lluvias del que dependen directamente los campos agrícolas de Argentina, Uruguay, Paraguay y el centro-sur de Brasil.

Al mismo tiempo, las raíces y suelos de la selva mantienen atrapadas entre 150.000 y 200.000 millones de toneladas de carbono, actuando como una represa gigante que evita que esos gases aceleren el calentamiento global.

Vista aérea de una embarcación en el río Amazonas rodeado por la selva frente al reto de la deforestación en la Amazonía.
Conservación forestal y vías fluviales clave para el clima regional I Foto Nando Freitas

Control satelital y asfixia financiera contra la tala ilegal

El freno a la tala ilegal en este periodo responde al regreso del Instituto Brasileño del Medio Ambiente (IBAMA) a las zonas de mayor conflicto. Con el respaldo de un sistema satelital que detecta la caída de árboles en tiempo real, los inspectores federales abandonaron el monitoreo pasivo para golpear el corazón operativo de las redes clandestinas.

El paso determinante fue económico. El gobierno bloqueó el acceso al crédito rural a los productores y grupos del agronegocio que operaban en áreas deforestadas sin autorización. Al cortar el financiamiento, la ocupación ilegal perdió su rentabilidad.

Esta caída en los indicadores prueba que la ganadería extensiva, la soja y la minería ilegal pueden frenarse sin paralizar la economía.

Frente al escenario de pérdida histórica de bosques en Brasil, la meta oficial apunta a la deforestación cero para 2030 mediante la transición hacia la bioeconomía. También promover el turismo sostenible y el valor agregado de productos nativos como el açaí y la castaña. Si el ritmo de sanciones se mantiene, la promesa ambiental se transformará en un resultado medible sobre la selva.

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