Cuando dejamos de mirar un territorio, también dejamos de entender lo que ocurre en nuestra ciudad. Esa ceguera nos impide ver cómo funciona nuestra ciudad y cómo avanza la transformación de los Bañados de Carrasco, un ejemplo claro de ese olvido.
Durante años, miramos los Bañados de Carrasco como si fueran un espacio vacío. Estaban allí, entre Montevideo y Canelones, atravesados por cursos de agua, vegetación, animales y personas. Pero, para buena parte de la sociedad, eran simplemente un lugar lejano, marginal, difícil de ver y, sobre todo, difícil de incorporar a la imagen que tenemos de nuestra ciudad.
Quizás ese haya sido nuestro primer error. Porque los territorios que dejamos fuera de nuestra mirada no desaparecen: siguen funcionando. El agua continúa circulando, los suelos absorben o dejan de absorber, los cauces reciben residuos, las lluvias buscan su camino y los ecosistemas, aun deteriorados, intentan cumplir las funciones que les hemos ido quitando.
Los Bañados de Carrasco volvieron al centro de la discusión pública a raíz de un proyecto inmobiliario de gran escala y de su no inclusión en el listado de humedales de importancia ambiental establecido por el Decreto 228/025. Pero reducir el debate a esas 228 hectáreas sería cometer otro error.
Detrás de ellas hay una historia mucho más larga: la de un territorio transformado durante décadas, la de un humedal que perdió buena parte de sus funciones naturales, la de una cuenca compartida entre Montevideo y Canelones y, también, la de una sociedad que demuestra una enorme capacidad para estudiar sus problemas, pero una sorprendente dificultad para sostener en el tiempo sus propias soluciones. Y aquí es donde aparece el agua (Fig. 1).

Fig. 1. Bañados de Carrasco: un territorio que trasciende las fronteras administrativas. El humedal integra una cuenca compartida por Montevideo y Canelones, donde agua, ecosistemas y procesos ambientales operan como un sistema único.
El agua no comienza donde nosotros la vemos
Después de años trabajando como oceanólogo en temas vinculados con la Gestión Integrada de Cuencas y Zonas Costeras, hay algo que he aprendido y que resulta fundamental para comprender muchos de los problemas ambientales que enfrentamos: el agua nunca puede analizarse solamente en el lugar donde finalmente vemos sus efectos.
Cuando una ciudad se inunda, solemos mirar la calle anegada. Si un arroyo está contaminado, miramos su cauce. Si la contaminación llega al Río de la Plata, concentramos la atención en el estuario. Pero para entonces, muchas veces, la historia ya comenzó mucho antes y bastante más lejos.
El agua tiene una historia. Y para comprenderla es necesario mirar la cuenca completa: de dónde viene, por dónde circula, qué encuentra en su recorrido, qué transformaciones sufre y dónde finalmente descarga. Lo que sucede aguas abajo está inevitablemente relacionado con las decisiones que se toman aguas arriba.
Los Bañados de Carrasco dentro de un sistema mayor
Los Bañados de Carrasco forman parte de la cuenca del arroyo Carrasco y se extienden entre Montevideo y Canelones. El Municipio F de Montevideo identifica el área de los bañados y sus cursos de agua como parte de un sistema ambiental de gran importancia para el territorio.
El Programa de Monitoreo de la Intendencia de Montevideo incluye, además, la cuenca del arroyo Carrasco entre los sistemas hídricos sometidos a seguimiento ambiental. La cifra exacta de superficie puede variar según el criterio de delimitación utilizado, pero hay algo que no cambia: no estamos ante un territorio aislado, sino ante una pieza de un sistema hidrológico mucho más amplio.
Y una cuenca no funciona como una oficina pública. No tiene puertas, no tiene horarios y no respeta límites departamentales. El agua tampoco sabe dónde termina Montevideo y comienza Canelones. Una lluvia que cae aguas arriba puede afectar a quienes viven aguas abajo; una intervención sobre el suelo puede modificar el escurrimiento varios kilómetros más adelante; una canalización, una obstrucción o la pérdida de una zona de amortiguación natural pueden alterar el funcionamiento de todo el sistema.
Por eso, cuando hablamos de los Bañados de Carrasco, no alcanza con preguntarnos qué queremos hacer con esas 228 hectáreas. La pregunta debería ser bastante más amplia: ¿qué función cumplen dentro de la cuenca y qué consecuencias tendrá su transformación sobre el funcionamiento de todo el sistema?
Parece una obviedad. Sin embargo, muchas de nuestras decisiones territoriales siguen tratando el espacio como si estuviera dividido en piezas independientes. Y el agua nos recuerda, una y otra vez, que esa división existe en los mapas, pero no en la naturaleza.
Un humedal no es un terreno vacío
Durante mucho tiempo, los humedales fueron considerados lugares improductivos; terrenos pantanosos e incómodos que debían ser drenados. La lógica era simple: si había agua, había que quitarla.
Los Bañados de Carrasco sufrieron esa misma mirada. Las transformaciones realizadas durante el siglo XX modificaron profundamente la dinámica hídrica del sistema. A ellas se sumaron la canalización de cursos de agua, la presencia de vegetación exótica, la extracción de turba, la acumulación de residuos y diferentes formas de ocupación y alteración del territorio. El propio PECAC documentó que los bañados y sus cursos de agua constituyen un sistema hídrico y biológico de alto valor ambiental, pero también señaló las profundas transformaciones sufridas por el área a lo largo de las décadas.
Hoy sabemos que un humedal es mucho más que un lugar donde se acumula agua. Es una pieza clave de nuestra infraestructura natural: retiene excedentes temporalmente, desacelera el escurrimiento, contribuye a la calidad del agua y sostiene una biodiversidad específica.
No es una represa ni una planta de tratamiento, ni puede resolver por sí solo todos los problemas de una cuenca. Pero cumple funciones que, si desaparecen, alguien tendrá que intentar reemplazar.
La pregunta que rara vez nos hacemos es inevitable: ¿cuánto nos costaría reconstruir artificialmente lo que la naturaleza hace sin enviarnos una factura? (Fig. 2)

Fig. 2. Un humedal no es un terreno vacío. Los Bañados de Carrasco conforman un sistema donde agua, suelo, vegetación y biodiversidad interactúan, mostrando su estructura y la relación con las áreas urbanizadas que lo rodean. Fotografías: Asociación Bañados de Carrasco.
La degradación también tiene memoria
Los Bañados de Carrasco no se deterioraron de un día para otro. La degradación ambiental rara vez funciona de ese modo.
Primero se modifica un curso de agua, luego se ocupa un sector, más tarde aparecen vertidos, se corta vegetación, se extraen recursos, se obstruye un cauce y se altera el suelo. Cada intervención parece menor cuando se la observa de forma aislada. El verdadero problema aparece cuando todas esas acciones se acumulan.
En 2016, El País informaba sobre la magnitud del problema de los residuos y señalaba la presión que soportaban los bañados. Dos mil toneladas. La cifra cuesta imaginarla. Pero resulta todavía más difícil aceptar que un ecosistema haya soportado semejante presión durante años y que después nos sorprenda que haya perdido parte de su capacidad de funcionar.
La degradación ambiental no siempre llega con estruendo. La mayoría de las veces avanza de forma silenciosa y, por eso mismo, pasa inadvertida. (Fig. 3)

Fig. 3. La degradación también tiene memoria. Acumulación de residuos y otras alteraciones ambientales en los Bañados de Carrasco, expresión de una presión sostenida durante décadas sobre un ecosistema que aún cumple funciones esenciales para la cuenca. Foto: Coendu/Mauricio Álvarez.
La biodiversidad no es una lista de animales
Cuando se habla de los Bañados de Carrasco suelen evocarse imágenes de nutrias, zorros, lobitos de río, garzas y numerosas aves. Es fundamental conservarlas.
Pero reducir el valor del humedal a un catálogo de fauna sería otro error. La biodiversidad no es una lista de especies: está en la vegetación, en el suelo, en los insectos, en los microorganismos y, sobre todo, en las relaciones que mantienen funcionando al ecosistema. Una especie depende de otra y todas dependen de las condiciones que permiten la supervivencia del conjunto.
Perder biodiversidad no significa solamente perder especies; significa perder funciones vitales. Y esas funciones son infinitamente más difíciles de recuperar que una lista de nombres. (Fig. 4)

Fig. 4. La biodiversidad no es una lista de especies: es una red de relaciones. Vegetación, aves, mamíferos, insectos, microorganismos, suelo y agua forman una red ecológica en la que cada componente contribuye al funcionamiento del humedal.
El cambio climático cambia también la pregunta
Hay otra razón imperiosa para cambiar nuestra perspectiva sobre los Bañados de Carrasco: el clima está cambiando. No se trata únicamente de un aumento de las temperaturas, sino de enfrentar lluvias intensas, períodos de sequía y una gestión cada vez más compleja de los eventos extremos.
En este escenario, los humedales dejan de ser un asunto exclusivo de conservación para convertirse en un componente esencial de nuestra adaptación urbana. El nuevo Acuerdo para la Gestión Integral de la Cuenca del Arroyo Carrasco reconoce precisamente funciones de regulación hídrica, drenaje urbano, mitigación de inundaciones, conservación de biodiversidad y soporte ecosistémico, y señala a los Bañados de Carrasco como una infraestructura ambiental crítica.
La pregunta ya no es solamente qué biodiversidad queremos conservar, sino qué ciudad queremos tener cuando las lluvias sean cada vez más difíciles de gestionar.
Un humedal no es simplemente el terreno que todavía no urbanizamos; es parte de la infraestructura natural que sostiene la viabilidad de la ciudad. Destruirla para luego intentar reemplazarla con obras artificiales suele resultar mucho más costoso que conservarla.
La ciudad también está dentro de la cuenca
Sería injusto hablar de los Bañados exclusivamente como un ecosistema e ignorar a las comunidades que los rodean. La cuenca del arroyo Carrasco está atravesada por profundas problemáticas sociales, urbanas y ambientales.
Cuando en 2007 se acordó elaborar el PECAC, las autoridades nacionales y departamentales reconocían una realidad compleja: la cuenca era compartida por Montevideo y Canelones, involucraba a unas 200.000 personas y presentaba importantes carencias de saneamiento, pobreza y asentamientos irregulares. El objetivo no era solamente recuperar un ecosistema, sino abordar conjuntamente vivienda, territorio, medio ambiente e inclusión social.
Esto es importante porque nos obliga a abandonar una falsa separación. No existe, por un lado, el problema ambiental y, por otro, el social. En una cuenca, ambos forman parte de la misma realidad.
La recuperación ambiental no puede idearse desde un escritorio; exige integrar a quienes habitan y conocen el territorio. La Asociación Bañados de Carrasco ha trabajado durante años en la valoración de la zona, participando en iniciativas educativas, comunitarias y de sensibilización. Estas experiencias reconstruyen un puente fundamental: el vínculo entre las personas y su entorno.
Difícilmente protejamos aquello que ignoramos, y mucho menos aquello que hemos aprendido a considerar invisible.
El problema no es que no sepamos
Quizás lo más preocupante no sea la falta de datos. No estamos descubriendo hoy las dificultades de la cuenca del arroyo Carrasco: hace casi veinte años ya existía un diagnóstico claro.
El 24 de julio de 2007, las intendencias de Montevideo y Canelones y el entonces Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente firmaron un convenio para elaborar el Plan Estratégico de Gestión Integrada de la Cuenca del Arroyo Carrasco (PECAC), entregado a fines de diciembre de ese mismo año. Su propósito era ambicioso: reunir antecedentes, realizar un diagnóstico, definir líneas prioritarias de acción y proponer un modelo de gestión colaborativa.
Pero el PECAC contenía algo todavía más importante que un diagnóstico: proponía pensar la cuenca como un verdadero laboratorio de políticas metropolitanas. Un territorio concreto donde las grandes decisiones sobre la ciudad, el ambiente, la movilidad y la integración social podían dejar de ser declaraciones generales para convertirse en políticas públicas.
La cuenca como laboratorio de políticas metropolitanas
Esa idea conserva hoy una enorme vigencia. Porque una cuenca obliga a pensar de otra manera: a mirar más allá de los límites administrativos, a comprender las relaciones entre los barrios, los cursos de agua, las áreas rurales y las nuevas urbanizaciones. En otras palabras, obliga a dejar de pensar la ciudad como una suma de parcelas y comenzar a pensarla como un sistema.
Casi veinte años más tarde seguimos discutiendo buena parte de aquellos mismos problemas. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuánto conocimiento más necesitamos producir antes de comenzar a utilizar el que ya tenemos?
Quizás nuestro problema ambiental más persistente no sea la falta de información, sino nuestra dificultad para convertir el conocimiento acumulado en decisiones que sobrevivan a los cambios políticos y administrativos. Porque una política pública que debe comenzar nuevamente cada pocos años no es realmente una política de Estado; es apenas una sucesión de intentos.
De una ciudad por corredores a una metrópolis como sistema
El PECAC proponía algo que hoy adquiere una relevancia particular: adoptar la cuenca como unidad de gestión implicaba romper con la forma tradicional de organizar el territorio alrededor de corredores aislados.
Durante décadas hemos tendido a ordenar el mapa siguiendo corredores —una ruta, una avenida, una zona de actividad—. Es una forma cómoda de ordenar el papel, pero no necesariamente de comprender el territorio.
La cuenca introduce otra lógica. Obliga a conectar lo que normalmente analizamos por separado: la costa con el interior, las zonas urbanizadas con las rurales, los barrios con los cursos de agua y el desarrollo económico con las condiciones ambientales que lo hacen posible.
Recuperar la mirada del PECAC no significa desempolvar un documento viejo, sino rescatar una forma diferente de pensar el territorio y pasar de una ciudad fragmentada a una metrópolis capaz de reconocerse como sistema. (Fig. 5)

Fig. 5. La cuenca como unidad de gestión territorial. Montevideo y Canelones comparten un sistema hídrico que trasciende las fronteras administrativas. La gestión integrada debe contemplar de forma conjunta cursos de agua, humedales, suelo, urbanización y comunidades.
Mirar de la periferia al centro
Hay otra enseñanza del PECAC que merece ser rescatada: mirar el territorio de la periferia al centro. Durante demasiado tiempo hemos llamado periferia a todo aquello que queda lejos del centro de nuestras decisiones. Pero para quienes viven allí, esos territorios no son periferia; son su ciudad, su barrio, su paisaje y su vida cotidiana.
Si observamos los Bañados desde el centro, podemos ver un humedal degradado que necesita ser controlado. Si los observamos desde el territorio, vemos comunidades, cursos de agua, biodiversidad, problemas sociales, oportunidades y una relación compleja entre naturaleza y ciudad.
Una verdadera política metropolitana debería comenzar precisamente allí: no desde el escritorio mirando hacia los bordes, sino desde el territorio construyendo una visión común.
Las 228 hectáreas y las preguntas que todavía debemos responder
En este escenario irrumpe el proyecto inmobiliario de Bislun S.A.S., vinculado al empresario argentino Eduardo Costantini. Según informó El Observador, la propuesta contempla intervenir unas 228 hectáreas, con una inversión estimada de US$ 1.248 millones a lo largo de 15 años para proyectar unas 3.000 viviendas, comercios y otros servicios.
Los desarrolladores han sostenido que el emprendimiento se ubica en terrenos linderos al área de humedal considerada intangible. Es un matiz que debe reconocerse para sostener un debate serio: no todo proyecto inmobiliario es un enemigo ambiental ni toda inversión es incompatible con la conservación.
La pregunta clave es otra:
- ¿Qué consecuencias reales acarreará una urbanización de esta magnitud sobre la dinámica de la cuenca?
- ¿Cómo alterará el régimen de escurrimientos y qué superficie de suelo quedará impermeabilizada?
- ¿Qué efectos acumulativos puede producir una intervención de esta escala?
- ¿Y qué sentido tiene analizar una obra dentro de los límites estrictos de un padrón mientras el agua sigue circulando sin fronteras por toda la cuenca?
Ahí radica el verdadero nudo del conflicto: el agua no se deja evaluar por parcelas. (Fig. 6)

Fig. 6. Las 228 hectáreas dentro de un sistema mucho mayor. La escala del proyecto inmobiliario debe analizarse en relación con la cuenca del arroyo Carrasco y los Bañados de Carrasco. El mapa muestra cómo una intervención local puede afectar un sistema que trasciende los límites parcelarios y administrativos.
La exclusión que abrió preguntas
El episodio más delicado giró en torno al Decreto 228/025, aprobado el 20 de octubre de 2025. El texto establece la selección y delimitación de determinados humedales de importancia ambiental y determina prohibiciones sobre desecación, drenaje y obras que impliquen alteraciones significativas del régimen hidrológico.
La controversia pública surgió porque los Bañados de Carrasco no quedaron incluidos en el listado establecido por ese decreto. El problema no es solamente la ausencia de un nombre en un registro, sino la necesidad de conocer con claridad los fundamentos técnicos de una decisión que afecta a un territorio ambientalmente complejo y compartido.
El ministro de Ambiente ha señalado que la no inclusión en esta primera etapa no implica renunciar a la protección de los Bañados y que el área continúa siendo analizada junto con las intendencias involucradas, debido a sus características ambientales, sociales y territoriales particulares.
Es una discusión que merece ser abordada con información, transparencia y evidencia científica, porque proteger no es lo mismo que recuperar, y los bañados precisan ambas cosas.
¿Por qué no pensar los Bañados como una causa metropolitana?
Quizás haya llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de confinar la discusión al destino de 228 hectáreas, deberíamos debatir qué modelo queremos para toda la cuenca. Y aquí aparece una propuesta que merece ser considerada con rigor: recuperar la idea de un gran Eco Parque Metropolitano.
No concebido como un simple parque decorativo, ni como un emprendimiento inmobiliario disfrazado de verde, y mucho menos como un espacio aislado de la ciudad. Debería ser un proyecto metropolitano integral de restauración ambiental, investigación, educación, recreación e integración social.
El Bañado y sus cursos de agua pueden convertirse en espacios de encuentro allí donde hoy existen fracturas territoriales. Montevideo y Canelones tienen la oportunidad de transformar este territorio en un laboratorio vivo de restauración ambiental urbana, requiriendo para ello una articulación real entre ambos gobiernos, la academia y la sociedad civil; un compromiso donde la ciencia deje de llegar tarde para apagar incendios y comience a formar parte de las decisiones desde el primer día.
La naturaleza no es el terreno que queda
Durante demasiado tiempo hemos diseñado nuestras ciudades bajo la premisa de que la naturaleza es aquello que sobra después de decidir dónde construir. Primero definimos el desarrollo y después vemos dónde encajamos el agua; primero promovemos la urbanización y luego improvisamos cómo frenar las inundaciones.
Pero el agua no negocia con nuestros planos. El mayor fallo de nuestra planificación urbana ha sido ese: considerar a la naturaleza un obstáculo para el progreso en lugar de entenderla como la condición que hace posible ese progreso.
Todavía estamos a tiempo
Los Bañados de Carrasco no son un espacio vacío; son memoria, agua, biodiversidad y territorio. Son también el resultado acumulado de décadas de decisiones.
Por eso esta discusión no debería reducirse a una pulseada simplista entre conservación y desarrollo. La pregunta de fondo es mucho más exigente: ¿qué clase de entorno estamos dispuestos a habitar y legar?
Lo que falta no es volver a estudiar el problema. El conocimiento existe y, en 2026, Montevideo y Canelones han vuelto a comprometerse formalmente con una gestión integral de la cuenca. Lo que necesitamos ahora es que esa visión tenga continuidad y se transforme en decisiones concretas.
El verdadero desafío no consiste solamente en decidir qué hacer con 228 hectáreas. Se trata de definir qué haremos con la cuenca que las abarca, qué lugar le reservaremos al agua dentro de nuestro modelo de ciudad y qué significado le otorgaremos, al fin y al cabo, a la palabra progreso.
El agua posee una visión sistémica que nos supera. Haríamos bien en aprender de ella. Porque lo que ocurre en el agua nunca comienza en el agua; comienza mucho antes, en las decisiones que tomamos sobre el territorio.

