La palabra «ecofeminismo» fue formulada por Françoise d’Eaubonne, en un libro publicado en 1974, Le féminisme ou la mort, en un momento en el que tanto el movimiento feminista como el ecologista se desarrollaban.
Su idea era combinar, en una misma lucha, la denuncia del patriarcado, que esclaviza a las mujeres, y la del capitalismo, que provoca desastres ecológicos. Sin embargo, su llamado apenas surtió efecto y la palabra cayó rápidamente en el olvido en Francia, comenta la filósofa Catherine Larrère.
Resurgió en Estados Unidos, en los años 1980, para designar toda una serie de movimientos que agrupaban a mujeres en torno a una amplia gama de luchas ecologistas: marchas antimilitaristas y antinucleares, comunidades agrícolas de lesbianas, movilización de mujeres locales contra la contaminación del suelo, entre otros.
Estos compromisos de mujeres con luchas ecologistas se extendieron por todo el mundo, sobre todo, en el sur (India, África, Sudamérica), donde las mujeres se movilizaron para luchar por el medio ambiente, contra la deforestación, contra el extractivismo o por la justicia medioambiental.
Muy presentes en las protestas climáticas, sobre todo, en 2015, las movilizaciones ecofeministas volvieron a Europa, a Francia en particular, donde estos movimientos se han multiplicado y donde el término «ecofeminismo» tiene, ahora, mucho éxito y suscita un gran interés.

Entonces, ecofeminismo: ¿feminismo ecológico o ecología feminista? ¿Debemos entender los movimientos ecofeministas desde la historia del feminismo o desde la de la ecología? «Como cualquier movimiento feminista, el ecofeminismo es un movimiento de emancipación«, señala Larrère, quien desde hace varios años, en las voces plurales de la conversación ecofeminista ha visto el surgir de la lucha de un movimiento del poder de las mujeres-.
No obstante, al negarse a separar la lucha ecologista de la lucha feminista, al luchar contra las opresiones cruzadas y contra todas las formas que puede adoptar la opresión y la dominación de las mujeres y la naturaleza, las luchas ecofeministas no son sólo luchas por los derechos de las mujeres.
Como escribe Ariel Salleh, pionera australiana del ecofeminismo: «el ecofeminismo es un enfoque holístico de todas las formas de dominación (género, raza, especie) y no sólo una campaña específica por la emancipación de la mujer». Por esta razón, según señala, no es ni «una perspectiva esencializadora ni una política identitaria».
«Los economistas académicos, orientados hacia el crecimiento, el género y el desarrollo», según señala también Ariel Salleh, tienen ciertas dificultades para reconocer el papel que desempeñan las mujeres en los movimientos ecologistas.
Desde hace más de cincuenta años que los científicos, las organizaciones internacionales, gubernamentales y no gubernamentales, los Estados y los partidos políticos llevan ocupándose de las cuestiones ecológicas, nos hemos acostumbrado a que estas cuestiones se entiendan a partir de un estado global del mundo, elaborado por grupos de expertos (el IPCC para el clima; el IPBES para la biodiversidad) y puesto en conocimiento de las autoridades políticas, que, al término de las cumbres, elaboran planes de acción que deben aplicarse en diferentes niveles territoriales.

Surge, así, la idea de que los conocimientos ecológicos de gran complejidad sólo son accesibles para los científicos y, luego, son aplicados por los responsables políticos, que los traducen en medidas que deben imponerse de arriba abajo sobre poblaciones presumiblemente indiferentes o recalcitrantes.
Frente a estos impresionantes esquemas políticos, que pretenden nada menos que reorientar todo el sistema productivo, los movimientos ecofeministas (luchar contra las empresas extractivistas, plantar árboles, oponerse a la apropiación privada del agua, desarrollar otras formas de vida y cultivar la tierra) parecen insignificantes.
Sin embargo, quizás, sea aquí, en esta ecología de lo cotidiano, de lo ordinario, donde están ocurriendo las cosas importantes. Por muy solemnes y espectaculares que sean los acuerdos internacionales sobre cuestiones ecológicas, los resultados son notoriamente insuficientes. Frente a los problemas ecológicos, los Estados son, en gran medida, impotentes para detener las políticas productivistas y sus efectos destructivos.
Los movimientos ecofeministas forman parte de estas luchas ordinarias y ciudadanas. Revelan que el conocimiento y la competencia no están sólo del lado de los expertos.
La acción debe buscarse en otra parte. No son sólo los activistas quienes se manifiestan para obligar a los gobiernos a cumplir sus compromisos, sino, también, todos aquellos que practican otras formas de vida, ya sea al margen del control estatal o en lucha abierta con los poderes económicos y políticos.
Los movimientos ecofeministas forman parte de estas luchas ordinarias y ciudadanas. Revelan que el conocimiento y la competencia no están sólo del lado de los expertos. Dado que los estereotipos de género suelen situar a las mujeres en el lado de la ignorancia, descubrir su competencia y sus conocimientos en sus acciones cotidianas en su entorno vital nos lleva a reconfigurar nuestro enfoque de las cuestiones medioambientales.
Catherine Larrère (La Rochelle, Francia 1944) Es filósofa, desde los años noventa se ha dedicado al tema de la ética ambiental y la divulgación de la obra del John Baird Callicott, investigador estadounidense que se ha centrado en temas protección de la naturaleza, prevención de riesgos y justicia ambiental.
Este artículo fue publicado originalmente en El Gran Continent

