Nota del editor: En esta nueva columna para Ambienta, la psicóloga Nora Cassamagnaghi analiza cómo el deterioro social urbano, la pobreza extrema y la crisis climática impactan de forma directa en nuestra salud mental y emocional.


He escrito en artículos anteriores sobre diferentes fenómenos psicológicos que surgen como consecuencia del cambio climático, entre ellos, la ecoansiedad. Hoy, la ciencia avanza a pasos agigantados y la inteligencia artificial es parte de nuestra realidad. Vivimos sumergidos en un flujo de información constante que nos satura en lo cotidiano y nos ocupa de tal modo que, muchas veces, dejamos de ver lo que realmente nos rodea.

La contaminación ambiental en nuestras ciudades no es únicamente sonora, auditiva y visual. El estrés aumenta de forma drástica ante tanta hiperestimulación, obligando a nuestro cerebro a permanecer en un estado de alerta constante. Parece ser que nos hemos “adaptado” a sobrevivir a esta realidad. El riesgo es que ya ni siquiera nos cuestionamos cuán deshumanizados estamos socialmente.

La deshumanización del paisaje urbano

Cuando la basura desparramada por las veredas, el aire pesado y el ruido del tránsito que no se detiene se vuelven parte del paisaje urbano, significa que nos “adaptamos para sobrevivir”. Sin embargo, a este escenario se le suma la inseguridad. También aparece un dolor disfrazado que brota al ver aquello que, en el fondo, queremos negar.

Se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad ver personas en situación de calle. Ya no se trata solamente de personas jóvenes, sino de familias enteras y adultos mayores. A mi entender, esto no se explica simplemente por el aumento de las enfermedades mentales o el consumo problemático de sustancias. Esto se debe a una realidad cruda y deshumanizada.

Carpas improvisadas, colchones en las veredas y carros de supermercado repletos de pertenencias personales se multiplican en la ciudad. Vemos a personas soportando las inclemencias del calor extremo, el frío o las lluvias sin importar el horario. Las fuentes de plazas se han convertido en baños provisorios. Al mismo tiempo, las volquetas repletas de basura pasan a ser la fuente de alimento, ropa o algún objeto para comercializar. Todo esto deja al descubierto un deterioro social que genera un alto impacto emocional.

La violencia estructural visual

Reconocer que esta cotidianeidad nos afecta y nos preocupa es una reacción natural. Se traduce en preocupación, angustia, rechazo, dolor, ansiedad, miedo e incertidumbre. Esta realidad no debería ser “normalizada” bajo ningún concepto. Permitirnos sentir y reflexionar significa que aún nos importa. Lo decimos porque lo seguimos viendo.

Por otro lado, la negación de ver, escuchar y sentir nos permite invisibilizar lo visible. Nos permite seguir con nuestra vida fragmentada entre “ellos y nosotros”. Así, terminamos afrontando el entorno de manera evasiva.

Pero no siempre fue así. La pobreza va en aumento en nuestro país, al igual que el alto costo de vida y la carga impositiva. Los sueldos no acompañan la realidad de los que más trabajan. Ellos son quienes muchas veces no llegan a fin de mes. En paralelo, las casas de préstamos prosperan gracias al alto endeudamiento de la sociedad uruguaya. Entre jubilaciones paupérrimas y una emergencia social que se prolongó en el tiempo, las brechas salariales y de calidad de vida nos interpelan ante una ineficiente gestión estatal.

El impacto en el entorno y la salud

Lo cierto es que el impacto emocional del deterioro social, la saturación por exposición a la vulnerabilidad y la afectación psicosocial del entorno reflejan la degradación del espacio público. La suciedad, los olores y el dolor humano repercuten directamente en la salud. Esto evidencia que el estímulo —la pobreza extrema— es demasiado fuerte para ser procesado con calma.

Esta violencia estructural visual se conecta de forma directa con la crisis ambiental de nuestro territorio. La psicología del cambio climático también nos interpela a través de las altas temperaturas y de eventos aislados, pero cada vez más frecuentes, como los ciclones. Se manifiesta en la contaminación de nuestras aguas y animales, así como en la presencia de metales pesados. También influye el uso de pesticidas y abonos prohibidos en otros países que aquí se siguen utilizando.

Asimismo, la búsqueda de petróleo deja a su paso cadáveres de animales marinos en nuestras costas. Todo esto ocurre mientras persisten las luchas por el respeto de las zonas protegidas, la pérdida de espacios verdes y los procesos de deforestación y reforestación en Uruguay.

Colectivos sociales en Montevideo protestan contra la exploración offshore para evitar el deterioro social y ambiental de la costa uruguaya.
Movilización ciudadana en defensa del mar uruguayo frente a la prospección sísmica I Foto Ambienta

El desgaste por empatía

Ya no recordamos una realidad diferente. Comenzamos dialogando con personas que, por distintos motivos, terminaron en esta situación. Acercamos ropa, alimento, frazadas e incluso resguardo, pero no fue suficiente.

Iglesias y colectivos de personas nos unimos para ayudar. Sin embargo, los refugios tienen horarios estrictos de entrada y salida. Además, ofrecen una “seguridad bajo techo” que resulta cuestionable para muchos usuarios. Puedo seguir escribiendo sin que se agoten los muchos ejemplos que quedaron grabados en mi retina. Simplemente, la asistencia individual no alcanza.

Los motivos de esta crisis son variados y las respuestas de las diferentes instituciones públicas y privadas no son suficientes. En un país con una población en su mayoría envejecida y con baja natalidad, seguimos sin comprender cómo esta realidad va en aumento sin que se logre frenar.

Estrés ambiental y fatiga por compasión

La ecoansiedad se ve diezmada por la limitada capacidad de acción individual y colectiva. Cuando las grandes empresas o países no frenan su contaminación, el estrés ambiental crónico nos permite reconocer que el entorno está “enfermo” o deteriorado. Eso impacta directamente en nuestra salud psíquica.

El “desgaste por empatía” o la “fatiga por compasión” ya no son términos propios del ámbito profesional con vocación de servicio, como el personal sanitario o los docentes. Hoy, a mi entender, aplican a cualquier persona sensible al sufrimiento ajeno. Esto ocurre de manera constante.

La exposición continua termina agotando los recursos emocionales propios cuando no se puede resolver la saturación del entorno. Es una realidad cruda que genera un conflicto interno muy profundo. Se debate entre la empatía ante el sufrimiento humano y el agotamiento ante el deterioro cotidiano.

Lo ajeno y lo propio: aún importa la no naturalización

El mundo está en crisis climática y nuestro país también. Sin embargo, es imperativo entender que nuestro “ambiente” incluye necesariamente a nuestras ciudades. Abarca también a todos los complejos fenómenos sociales que impactan en nuestra salud psíquica y emocional.

Es urgente que nos cuestionemos si aún nos importa, si nos da lo mismo, o si ya dejamos de ver lo visible. Si esta realidad todavía no se ha vuelto invisible para nosotros, debemos buscar estrategias de acción más eficientes. Es momento de luchar por lo que aún nos queda como humanos sanos.


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Psicóloga y Neuropsicóloga. Fundadora de Salud Integrativa Uruguay, promueve el bienestar integral explorando la ciencia de la mente, la humanización del cuidado y la conexión con la naturaleza.

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