En el Día de las Abejas, el mundo detiene su marcha para reconocer a los polinizadores más importantes del planeta. Sin embargo, en el territorio local, la conmemoración de este 20 de mayo está marcada por una persistente señal de alerta.

Las abejas desempeñan un rol fundamental en la sostenibilidad de los ecosistemas y en la producción global de alimentos. A pesar de su valor incalculable, las poblaciones de estos insectos enfrentan una crisis severa. En Uruguay, el avance del modelo agroindustrial intensivo puso en jaque la supervivencia de colmenas enteras debido al uso masivo de plaguicidas y fitosanitarios.

Radiografía de un sector en vulnerabilidad

Actualmente, el mapa productivo de Uruguay cuenta con unas 560.000 colmenas de abejas melíferas. Esta estructura es atendida por unos 2.200 apicultores a lo largo de todo el país. Sin embargo, el número de productores ha venido disminuyendo de forma constante en los últimos años. Esta tendencia preocupante afecta directamente a la estructura económica y social del medio rural.

El impacto no es menor si se considera la orientación comercial del rubro. El 95% de la miel producida en Uruguay se exporta a mercados internacionales. Por este motivo, diversos expertos aseguran que se trata de «un rubro especialmente vulnerable» ante los cambios ambientales del entorno.

El alarmante declive de las colmenas en el territorio

Muestra de laboratorio con miles de abejas muertas por pesticidas, analizada en el marco del Día de las Abejas en Uruguay.
Científicos investigan los episodios de mortandad masiva de colmenas en el territorio nacional I Foto del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable

Durante los últimos años, las organizaciones apícolas reportaron episodios de mortandad masiva en el litoral y sur del país. Datos alarmantes del pasado año 2025 señalan que en Uruguay se registraron pérdidas anuales de colonias cercanas al 30%. Los especialistas asocian este declive principalmente al estrés nutricional de los insectos y a la exposición continua a pesticidas.

Sustancias químicas como el fipronil y el glifosato aparecen de forma recurrente en los análisis de laboratorio tras la pérdida de millones de abejas. Estos episodios no representan un hecho aislado. La pérdida de polinizadores altera la biodiversidad nativa de forma drástica y debilita la economía de las familias rurales.

Los efectos de la deriva y las aplicaciones aéreas

Uno de los principales problemas radica en las aplicaciones aéreas de agroquímicos sobre cultivos de secano y forestales. La deriva del viento transporta el veneno hacia los montes nativos y las pasturas donde las abejas buscan su alimento. Al entrar en contacto con las flores contaminadas, el insecto muere de forma inmediata o traslada el tóxico de regreso a la colmena.

Esto provoca un colapso silencioso. La colonia se debilita paulatinamente hasta desaparecer por completo, vaciando los campos de un eslabón biológico insustituible.

La urgencia de una fiscalización eficiente

Frente a este escenario, científicos y productores coinciden en un reclamo histórico. El país necesita una fiscalización mucho más rigurosa sobre la venta y la aplicación de sustancias de alta toxicidad. Los marcos regulatorios vigentes muchas veces no logran prevenir el daño ambiental en el territorio.

La protección de las abejas ya no puede limitarse a discursos institucionales por la efeméride. Requiere un compromiso real del Estado para auditar los sistemas de control y garantizar la trazabilidad de los productos aplicados en el suelo uruguayo. Justamente, la falta de control es un problema estructural, tal como demostró la última investigación sobre la auditoría a DINACEA y las graves fallas en su sistema de denuncias.


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Colaborador de Ambienta. Aporta una mirada crítica y constructiva a los temas socioambientales. Su foco está en la sostenibilidad.

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