Los hongos fueron históricamente relegados por la ciencia tradicional. Durante siglos se los agrupó de forma errónea dentro del reino vegetal, pero hoy sabemos que pertenecen a uno propio: el Fungi. No son plantas ni animales; estos organismos se consolidan como unos de los seres vivos más diversos de la Tierra.
De hecho, cuando caminamos por un monte nativo en las sierras de Minas o a orillas del río Uruguay, solemos maravillarnos con la majestuosidad de un coronilla o el vuelo de un benteveo, sin notar que el verdadero motor que sostiene ese equilibrio es este universo oculto que opera bajo nuestros pies.
A nivel global la ciencia ha reconocido unas 72.000 especies. Sin embargo, se estima que el universo real podría superar el millón. Son, sin dudas, los arquitectos silenciosos de la salud ambiental del planeta.
Lo que habitualmente llamamos «hongo» es apenas el fruto de un organismo mucho más grande. Esa estructura con sombrero y pie que brota en la tierra o en los troncos es solo una parte. El verdadero hongo vive oculto en el subsuelo y se llama micelio. Consiste en una red inmensa de filamentos blanquecinos que coloniza el suelo de forma permanente.
El impacto global de los hongos
Los hongos son claves para proteger la biodiversidad y frenar el cambio climático. Bajo la tierra, sus filamentos se unen a las raíces de las plantas para tejer la Wood Wide Web o «internet del bosque». Esta red subterránea funciona como un canal que distribuye recursos y sostiene la vida visible del ecosistema. A través de ella, los árboles cooperan entre sí e intercambian agua, azúcares y nutrientes esenciales de forma bidireccional.
Además de compartir alimento, la red sirve como un sistema de alarma colectiva. Si una planta sufre el ataque de una plaga, transmite señales químicas por el subsuelo para alertar a sus vecinas, que activan sus defensas a tiempo. Esta cooperación transforma la idea tradicional que tenemos de los bosques. Al fortalecer la resistencia de la flora ante el estrés ambiental, las redes de hongos se vuelven piezas fundamentales para adaptar la naturaleza al calentamiento global.

El reino Fungi cumple un rol vital como principal degradador y reciclador de la materia orgánica en los ecosistemas forestales. Foto: Cortesía
Los recicladores definitivos
Sin los hongos, los ecosistemas colapsarían bajo su propio peso. Dentro de la cadena trófica, cumplen el rol clave de descomponedores o saprófitos. Son los únicos organismos capaces de degradar eficientemente la lignina y la celulosa de la madera muerta.
Cuando una rama de tala o de espinillo cae al suelo, los hongos entran en acción. Al descomponer esa materia orgánica densa, liberan nutrientes minerales esenciales como nitrógeno y fósforo. De esta forma los devuelven al suelo para que vuelvan a ser absorbidos por las plantas. Son el eslabón definitivo de la economía circular de la naturaleza. Sin ellos, los nutrientes quedarían atrapados para siempre en la materia muerta y el suelo perdería toda su fertilidad.
El desafío de identificar la riqueza micológica
Es posible encontrar hongos en casi cualquier espacio verde del país. Uruguay alberga una rica diversidad que incluye especies comestibles y medicinales. Estas variedades son cada vez más valoradas en la gastronomía, la medicina natural y la cultura local.
En las zonas costeras y forestales, la búsqueda de los clásicos «hongos de pino» (Suillus luteus) o «hongos de eucaliptus» (Gymnopilus junonius) forma parte de la identidad de muchas comunidades. Esta recolección ocurre típicamente tras las primeras lluvias de otoño. Paralelamente, el cultivo controlado de especies como gírgolas o shiitakes gana terreno. Se presenta como una alternativa de producción sostenible y soberanía alimentaria.
Sin embargo, ponerles nombre y apellido representa todo un desafío. La similitud entre muchas especies es enorme. A menudo, la única forma de identificarlos de manera inequívoca es a través del estudio minucioso de sus esporas mediante un microscopio. La precaución aquí es una regla de oro. En los campos y montes coexisten variedades deliciosas con otras altamente tóxicas o incluso letales para el ser humano.

El hongo de eucalipto (Gymnopilus junonius) uno de los más consumidos en Uruguay -sobre todo en escabeche- pese a figurar como tóxico en guías internacionales. Foto: Alejandro Sequeira.
Mapear lo invisible
A pesar de su rol crítico para la biodiversidad y la producción, el reino Fungi ha sido históricamente el pariente olvidado de las políticas de conservación en la región. Existen detallados catálogos de aves, mamíferos y flora autóctona. En contraste, el mapa de los hongos ha permanecido en gran parte rodeado de misterio, a contramano de los criterios promovidos por organizaciones internacionales como la Fungi Foundation.
Para proteger y valorar un ecosistema, primero es indispensable saber qué hay en él. Por eso, en los últimos años han comenzado a emerger iniciativas locales. Estas buscan romper la brecha de conocimiento a través de la tecnología y la divulgación interactiva.
Un ejemplo claro es Modo Hongo. Este proyecto fue realizado por De La Raíz Films junto al investigador Alejandro Sequeira, y cuenta con el apoyo del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. La propuesta establece un diálogo entre el lenguaje audiovisual y las herramientas digitales. Ofrece una experiencia interactiva con cinco recorridos por parques urbanos donde se pueden descubrir más de 30 especies de hongos que habitan la tierra.
A este esfuerzo de visibilización se suma también el trabajo de campo de naturalistas independientes. Es el caso del biólogo Emanuel Machín, quien acaba de presentar la Guía Hongos de Uruguay (Volumen I). Se trata de un catálogo que reúne 48 especies para observar, reconocer y disfrutar. La publicación cuenta con un diseño compacto y un material resistente. Nace pensada para llevar en la mochila en cualquier caminata por los senderos del país, convirtiéndose en otra herramienta clave para empezar a descifrar este patrimonio invisible.

EL Hongo de pino (Lactarius deliciosus), es uno de los más recolectados y consumidos en Uruguay. Foto: Emanuel Machín.
El impacto global de los hongos
La industria del hongo tiene un impacto económico directo en el territorio uruguayo: su cadena productiva —basada en la recolección silvestre y el procesamiento artesanal— generó más de 10 millones de dólares entre 2019 y 2024. Solo en el último año, el mercado local superó los 4,4 millones de dólares, distribuidos entre recolectores y microemprendedores.
A nivel global, el reconocimiento formal de los hongos ya avanza en las negociaciones de la ONU rumbo a la COP17 del Convenio sobre la Diversidad Biológica. En el plano normativo, Austria incorporó la palabra «Funga» en la Ley de Conservación de Viena, mientras que Chile se consolidó como pionero regional al sumar el reino Fungi a su currículo escolar nacional.
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