El 80% de la población mundial vive bajo cielos contaminados. La experta Florencia Reichmann analiza por qué Uruguay debe defender su derecho a la oscuridad para proteger la biodiversidad, la salud y nuestro patrimonio cultural.
La naturaleza no se apaga cuando se pone el sol. Sin embargo, para el 80% de la población mundial, el cielo estrellado ha pasado a ser un recuerdo o una ficción cinematográfica. El pasado 20 de abril, la Fundación Starlight convocó al «Apagón Starlight», una iniciativa global para apagar luces innecesarias y recuperar la visión de la Vía Láctea sobre nuestras cabezas.
Nos hemos excedido tanto que iluminamos todo lo que necesitamos y lo que no».
En Uruguay, la convocatoria fue impulsada por la Red Pro Cielos, un colectivo ciudadano que desde 2023 trabaja activamente en la defensa de este patrimonio. Para Florencia Reichmann, licenciada en Gestión Ambiental y divulgadora, este movimiento es esencial.
«La naturaleza la disfrutamos durante el día, pero también durante la noche. Tenemos derecho a la oscuridad», afirma. Según la experta, ver un cielo estrellado en Uruguay es un privilegio. También es un compromiso de cuidado para las generaciones futuras.
Luz artificial: el impacto en el tiempo y el espacio
A diferencia del plástico en las playas, la contaminación lumínica suele ser invisible. Sin embargo, sus efectos son profundos. Esta polución altera la forma en la que los organismos usan el tiempo y el espacio. Impacta de forma directa en la reproducción. También desorienta a las especies que necesitan la luz de las estrellas o de la luna para guiarse.
En los humanos, el exceso de luz artificial boicotea nuestro reloj biológico. «Dormimos menos y dormimos peor», advierte Reichmann. Esta alteración pone en peligro funciones vitales del descanso. Nos hace más propensos a trastornos de humor, obesidad o diabetes. Incluso aumenta el riesgo de padecer ciertos tipos de cáncer.
Además del impacto biológico, existe un costo económico invisible. La luz que contaminamos, la pagamos. «Nos hemos excedido tanto que iluminamos todo lo que necesitamos y lo que no», explica la experta. Para la gestión ambiental, la luz es hoy un nuevo residuo. Es una forma de energía que nos desconecta de los ciclos naturales de la vida.
De los stencils de Valizas al «acto de amor» de Drexler
La lucha por la oscuridad en Uruguay tiene hitos cargados de mística. Florencia recuerda la movilización en Barra de Valizas (2009), donde los vecinos resistieron al alumbrado público para preservar su identidad bajo la consigna: «Más luz, menos cielo». Fue allí donde Reichmann entendió que la oscuridad tenía un valor en sí mismo y que debía ser defendida.
Esa sensibilidad unió a la ciencia con el arte en un encuentro reciente. En el verano de 2025, durante un festival en La Serena, Florencia coincidió con Jorge Drexler. El músico le compartió una canción que acababa de grabar en su celular, movilizado por cómo el resplandor de La Paloma opacaba la emblemática luz del Faro.
En sus versos, Drexler imaginaba que devolverle la negrura al cielo era posible con un gesto mínimo: «Su dedo en el interruptor sería un breve acto de amor». Para Florencia, allí se encontraron el arte y la ciencia respondiendo a las mismas preguntas en lenguajes distintos.

Aprender a mirar distinto para transformar
Reconectar con el asombro requiere atención plena. El ojo humano necesita minutos de penumbra para revelarnos que el cielo no es negro, sino un mapa infinito. Según la experta, la educación es fundamental porque «a mirar distinto también se enseña». El objetivo es formar observadores críticos, sensibles y curiosos que se involucren con su entorno.
«Hay imágenes maravillosas por las que vale la pena mantener la oscuridad. No podemos perdernos una salida de luna llena, amarilla y gigante sobre el mar, o de la Vía Láctea partiendo el cielo en el campo. O caminar una noche por la playa y que de pronto la ola brille con noctilucas, o ver un jardín lleno de bichos de luz».
Estas experiencias dependen exclusivamente de que la noche siga siendo oscura. El desafío no es volver a las cavernas, sino recuperar esa fuente de inspiración de nuestros ancestros que creó cosmovisiones enteras. Como concluye Florencia, «ese cambio de mirada puede ser el inicio de transformaciones profundas».
DE LA ESCUCHA A LA LECTURA. Esta nota es una adaptación del episodio número seis de nuestro podcast Conectados por Naturaleza. Si quieres profundizar en la charla completa con Florencia Reichmann, puedes escuchar el episodio aquí:

