Cuando se habla de El Niño o La Niña suele cometerse una simplificación frecuente: se los presenta como si fueran tormentas, temporadas de lluvia o eventos meteorológicos pasajeros que aparecen de pronto en el pronóstico del tiempo. Pero no lo son.
No nacen en el Atlántico ni se originan sobre los cielos de Uruguay. Su cuna está a miles de kilómetros, en el océano Pacífico ecuatorial, donde un cambio profundo en la temperatura del mar es capaz de alterar el equilibrio climático de buena parte del planeta.
Y aunque eso pueda sonar lejano, para un país como Uruguay —agroexportador, costero y dependiente de sus recursos hídricos— entender qué ocurre en el Pacífico no es una curiosidad científica: es una herramienta estratégica para anticipar inundaciones, prepararse frente a sequías y gestionar cambios que impactan de forma directa en la economía, la producción y la vida cotidiana.
La urgencia por comprender este mecanismo no es teórica: las condiciones actuales del océano muestran un escenario que merece especial atención.
Por qué importa este artículo ahora: las señales de alerta para 2026
Las señales que emite el Pacífico han generado preocupación en la comunidad científica internacional en los últimos meses de este año. Una onda Kelvin cálida —un pulso de agua anómalamente caliente impulsado hacia el este por vientos del oeste— ya está aflorando en el Pacífico central, sugiriendo que un evento de gran intensidad podría consolidarse con fuerza hacia finales de año.
En su actualización oficial de mayo de 2026, el Climate Prediction Center de la NOAA elevó drásticamente las alertas de predictibilidad, mostrando un panorama complejo para la región:
- 82% de probabilidad de que El Niño emerja formalmente entre mayo y julio de este año.
- 96% de probabilidad de que el fenómeno persista e impacte globalmente entre diciembre de 2026 y febrero de 2027.
- Hay 2 de cada 3 chances de que el pico del evento sea fuerte o muy fuerte, y aproximadamente un 35% de probabilidad de que alcance la categoría de «Súper Niño» (un evento de intensidad extrema).) (ver Figura 1)

Fuente NOAA ENSO Strength Probabilities
Las proyecciones numéricas respaldan esta preocupación institucional. El modelo de conjunto del Centro Europeo (ECMWF), junto con las corridas paralelas del CFS de la NOAA y de la oficina meteorológica australiana, proyectan anomalías térmicas extremas bajo la superficie que podrían rondar los +3 °C hacia el cierre de 2026.
De confirmarse estos escenarios, podría convertirse en uno de los eventos más intensos registrados desde fines del siglo XIX, con potenciales consecuencias significativas para Uruguay, especialmente en la cuenca del Río Uruguay y en la producción agropecuaria.
Los pronósticos evolucionan mes a mes, superando los baches estacionales de predicción, pero la tendencia física actual apunta con firmeza en una sola dirección.
Para comprender a fondo qué significa este engranaje global y cómo este calor subsuperficial se traducirá en tormentas sobre nuestro territorio, es necesario volver al origen: la dinámica fundamental del océano.
El motor del Pacífico: qué es el ENSO
La ciencia llama ENSO (El Niño–Oscilación del Sur) al sistema acoplado que conecta íntimamente al océano con la atmósfera en la franja tropical del Pacífico. No se trata solamente de agua más caliente o más fría; es un mecanismo de relojería: cuando cambia el océano, el aire responde modificando los vientos, la presión atmosférica y la distribución de lluvias a escala planetaria. (ver Figura 2)


Fuente ttsz Getty Images
En condiciones normales, los vientos alisios soplan con fuerza de este a oeste, empujando el agua cálida superficial hacia Indonesia y Australia. Ese desplazamiento genera un «vacío» en el sector americano, permitiendo que frente a las costas de Perú y Ecuador asciendan aguas profundas, frías y cargadas de nutrientes. A este proceso oceanográfico clave se lo conoce como afloramiento o upwelling.
Ese equilibrio dinámico sostiene una de las zonas pesqueras más productivas del planeta y, al mismo tiempo, actúa como un termostato que ayuda a estabilizar el clima global. Sin embargo, el sistema no permanece siempre igual. Oscila, como un péndulo, entre dos extremos: El Niño (la fase cálida) y La Niña (la fase fría). (ver Figura 3)

Fuente Pacific Marine Environmental Laboratory NOAA
El Niño: cuando el océano se recalienta
Cada ciertos años, ese equilibrio se rompe. El inicio del proceso ocurre bajo la superficie del mar, donde gigantescas masas de agua cálida —conocidas como ondas Kelvin oceánicas— viajan silenciosamente desde el oeste hacia las costas americanas. Como consecuencia, los vientos alisios se debilitan o se invierten, y el agua cálida que normalmente se acumulaba cerca de Australia se desplaza hacia el Pacífico central y oriental.
Cuando esto sucede, se desencadena un efecto dominó:
- Disminuye drásticamente el ascenso de aguas frías (upwelling) frente a Perú y Ecuador.
- Aumenta la temperatura superficial del mar en miles de kilómetros cuadrados.
- Se desplazan las zonas de baja presión, modificando los centros de formación de nubes y tormentas hacia el centro de América del Sur.
- Se reorganizan las corrientes en chorro y los vientos en las capas altas de la atmósfera.
Esta evolución física y la progresión espacio-temporal del pulso de calor a lo largo de la línea ecuatorial pueden identificarse con precisión mediante el monitoreo oceanográfico satelital. (ver Figura 4)

A este mecanismo de acción a distancia se lo conoce como teleconexión climática. Es el puente invisible que permite que una anomalía térmica en el medio del Pacífico termine reconfigurando los regímenes de lluvia en el Río de la Plata.
Referencias científicas
- NOAA – ENSO (El Niño–Southern Oscillation)
- NOAA Climate.gov – El Niño and La Niña FAQ
- NOAA Physical Sciences Laboratory – ENSO overview
- PMEL NOAA – What is El Niño
Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.

