En Uruguay se generan unos 14 millones de litros de aceite de cocina usado (ACU) por año. El problema es elocuente, pero la respuesta es colectiva: Verónica Bender, quien fundó el emprendimiento de triple impacto MUTUA junto a María de Arrascaeta, explica cómo este modelo —distinguido como Marca País— logra revertir el daño ambiental transformando el residuo en productos biodegradables.
El impacto en los cursos de agua y el saneamiento
Para MUTUA, el punto de partida es visibilizar un enemigo silencioso. Verter el aceite usado por la pileta de la cocina tiene consecuencias ambientales y económicas profundas. Son impactos que afectan el día a día de las comunidades uruguayas.
Según los datos técnicos que maneja la empresa, un solo litro de este residuo tiene el potencial de contaminar hasta 40.000 litros de agua. Al llegar a los cursos fluviales, el aceite forma una capa superficial. Esta película bloquea el paso del oxígeno y la luz, degradando de forma crítica la vida acuática y la calidad del recurso hídrico.
«El daño no es solo ambiental, sino también estructural», advierte Verónica Bender.
En las redes de saneamiento, el aceite se solidifica y emulsiona. Este proceso genera atascos severos. Su limpieza genera un enorme gasto de fondos públicos al año. Al arribar a las plantas de tratamiento, las grasas interfieren directamente con los procesos biológicos. Esto eleva de forma drástica los costos operativos y el consumo energético de la gestión pública.
Para MUTUA, el problema es acumulativo: pequeñas acciones cotidianas en los hogares terminan consolidando un daño estructural en el país.
El impacto de MUTUA en cifras
Frente a este diagnóstico, el modelo de triple impacto demuestra cómo la transformación de la materia prima revierte la ecuación. A través de la elaboración de productos de limpieza biodegradables, el proyecto reporta métricas de mitigación directa sobre el territorio.
Durante el último año, la empresa logró reciclar más de 4.000 litros (4 toneladas) de aceite usado de cocina. Esta acción coordinada evitó la contaminación potencial de 160 millones de litros de agua. Para tomar dimensión, ese volumen equivale al consumo total de 4.000 personas durante un año entero.
El rendimiento de la circularidad
La eficiencia técnica del proceso desarrollado por MUTUA permite cuantificar el valor recuperado a partir del descarte:
- 1 litro de aceite reciclado se traduce en la producción de entre 10 y 12 jabones sólidos.
- Ese mismo litro permite formular aproximadamente 30 litros de jabón líquido biodegradable.
Al sustituir los modelos extractivos de la economía lineal, se disminuye la demanda de aceites vírgenes y productos químicos no biodegradables. También se elimina el uso de grasas animales. La utilización de estos insumos implica deforestación y emisiones. Al dejarlos de lado, se descartan prácticas que generan sufrimiento y residuos tóxicos.

Imagen generada con IA de Ambienta
El aval institucional y el ecosistema logístico en el territorio
La viabilidad de este modelo no depende de esfuerzos aislados, sino de la consolidación de redes de cooperación técnica y logística. El circuito que impulsa MUTUA comienza con la recolección del residuo, tanto en los hogares como en el sector gastronómico.
Este paso se opera en alianza con las empresas uruguayas GAU y Bionexo, autorizadas para el manejo de esta materia prima. Ambas están respaldadas por la certificación internacional ISCC (Certificación Internacional de Sustentabilidad y Carbono), lo que asegura la trazabilidad estricta del origen del aceite.
Como firma registrada con el sello Marca País Uruguay Natural y acompañada por la certificación LSQA del LATU, el emprendimiento se posiciona como un ejemplo local de economía circular de triple impacto aplicada. Este respaldo institucional les permite generar confianza en el profesionalismo de su trabajo. Así garantizan la trazabilidad desde el residuo hasta el producto final en un ciclo corto.
Tras su acopio, la producción se traslada al Laboratorio Abarly. Allí se formulan los productos finales bajo validación técnica, sin el uso de químicos tóxicos ni fragancias sintéticas. La circularidad del proyecto se extiende de forma sistémica hasta el empaque. Mediante alianzas estratégicas con los proyectos locales Plasticoin y Bolsas Maldonado, los envases plásticos de la línea líquida son recuperados. Luego, se insertan nuevamente en el ciclo de reciclaje.
Para Verónica Bender, el verdadero desafío actual reside en lograr que esta transición hacia un modelo económico de triple impacto sea plenamente valorada por el entramado empresarial y exigida por el consumidor final. Desde la empresa buscan una mutación en la genética de los negocios. El objetivo es que el balance final no se limite al rendimiento financiero, sino al impacto positivo y medible en la sociedad y el ambiente.


