Durante generaciones, los gobiernos planificaron el abastecimiento de agua, las represas, la producción agrícola y la navegación bajo una certeza básica: los ríos podían atravesar períodos extremos, pero tarde o temprano regresaban a sus valores habituales.
Esa certeza comienza a desaparecer.
En 2025, la crisis mundial del agua adquirió una nueva dimensión: los ríos del planeta atravesaron uno de sus años más secos en más de tres décadas. Más del 36 % de la superficie mundial de las cuencas registró caudales inferiores o muy inferiores a lo normal. Además, durante los últimos siete años se observó la menor proporción de ríos con caudales normales desde 1991.
Uruguay no aparece analizado individualmente en el informe, pero está lejos de quedar al margen. El país forma parte de la Cuenca del Plata, un sistema compartido con Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay, que cubre aproximadamente tres millones de kilómetros cuadrados y sostiene la vida y la economía de más de 100 millones de personas.
El informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) incluye a la Cuenca del Plata entre las grandes regiones sudamericanas que presentaron caudales inferiores o muy inferiores a los valores normales durante 2025. También identifica déficits recurrentes en distintas zonas de la cuenca durante el período 2021-2025.
Para Uruguay, la advertencia tiene un significado concreto: parte de su seguridad hídrica depende de procesos que comienzan mucho más allá de sus fronteras.
Un planeta que agota sus reservas
El informe Estado de los recursos hídricos mundiales 2025, publicado por la OMM en septiembre de 2026, analiza mucho más que las precipitaciones. Examina el caudal de los ríos, las aguas subterráneas, la humedad del suelo, la evapotranspiración, los lagos, los embalses, el almacenamiento de agua continental, la nieve y los glaciares.
El diagnóstico muestra un ciclo del agua cada vez más irregular, capaz de alternar entre sequías, lluvias extremas e inundaciones.
Algunas partes de ese ciclo reaccionan en cuestión de días o semanas. Una precipitación intensa puede elevar el nivel de un río o saturar un suelo en poco tiempo. Otras reservas, como los acuíferos, los glaciares y la nieve acumulada, necesitan años o décadas para recuperarse.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, comparó esas reservas de renovación lenta con una “cuenta de ahorros” que permite atravesar los años malos sin que cada sequía se transforme inmediatamente en una crisis. Su advertencia fue directa: el planeta está agotando ese respaldo natural.
El almacenamiento de agua sobre la superficie terrestre mantiene una tendencia descendente desde 2014-2016. El agua subterránea presenta una señal igualmente preocupante: cerca de dos tercios de los pozos monitoreados durante 2025 registraron condiciones fuera de los valores históricos normales y el balance se desplazó más hacia el déficit que hacia la recuperación.
No se trata, por tanto, de un único año seco. La OMM identifica una alteración persistente de las reservas que durante décadas funcionaron como protección frente a la variabilidad climática.
La normalidad hidrológica comienza a desaparecer
Entre 1991 y 2020, alrededor del 46 % de la superficie mundial de las cuencas presentaba en promedio caudales considerados normales. Durante los últimos siete años, esa proporción se mantuvo entre el 34 % y el 38 %.
La diferencia puede parecer técnica, pero sus consecuencias atraviesan la vida cotidiana.
La generación hidroeléctrica, el abastecimiento urbano, la producción de alimentos, la navegación, la conservación de los ecosistemas y el funcionamiento de los embalses dependen de que exista cierto grado de previsibilidad.
Si los ríos dejan de comportarse como lo hicieron durante décadas, también pierden fiabilidad los registros históricos utilizados para decidir dónde construir, cuánto almacenar, qué producir y cómo prepararse ante una sequía o una inundación.
Buena parte de la infraestructura hídrica fue diseñada bajo la idea de que el pasado permitía anticipar razonablemente el futuro. El informe de la OMM muestra que esa premisa se vuelve cada vez más frágil.
Uruguay, aguas abajo de una crisis regional
La Cuenca del Plata conecta los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay con el Río de la Plata y el océano Atlántico. Es un territorio de producción agrícola, generación de energía, navegación, abastecimiento de agua y enorme diversidad biológica.
También es una cuenca transfronteriza. Los ríos no se detienen ante las fronteras administrativas y lo que ocurre aguas arriba puede trasladarse miles de kilómetros.
Los cambios en las precipitaciones y los caudales registrados en Brasil, Paraguay o Argentina pueden influir sobre el río Uruguay y el Río de la Plata. Esos procesos pueden repercutir en la navegación, los ecosistemas, los puertos, la generación de energía y la disponibilidad de agua en distintas zonas de la región.
Esto no significa que todos los ríos uruguayos hayan presentado el mismo comportamiento durante 2025. El informe mundial no ofrece ese nivel de detalle ni permite trasladar automáticamente los indicadores regionales a cada curso nacional.
Lo que sí establece es el contexto: Uruguay integra una gran cuenca sometida a anomalías hidrológicas recurrentes. Su seguridad hídrica depende tanto de las decisiones tomadas dentro del país como de la cooperación con los Estados que comparten el sistema.
La OMM ha señalado que la gestión de la Cuenca del Plata requiere intercambio de información, coordinación hidrometeorológica y sistemas regionales de pronóstico y alerta.
Cuando baja el caudal, aumenta la vulnerabilidad
El informe está centrado principalmente en la disponibilidad y el comportamiento del agua. No ofrece un diagnóstico específico sobre contaminación, fósforo o floraciones de cianobacterias en Uruguay.
Sin embargo, cantidad y calidad no pueden tratarse como problemas separados.
Un río con menos agua puede disponer de una menor capacidad para diluir nutrientes, materia orgánica y otras sustancias. La reducción de los caudales, combinada con temperaturas elevadas y aguas con menor circulación, puede agravar las presiones existentes sobre determinados ecosistemas.
En Uruguay, esta relación resulta especialmente sensible por la importancia del río Santa Lucía para el abastecimiento de agua potable del área metropolitana y por los problemas de eutrofización registrados en el río Negro y sus embalses.

Una persona camina sobre el lecho seco del embalse de Paso Severino, en Florida, durante la crisis hídrica de 2023. La prolongada sequía redujo a niveles críticos la principal reserva de agua del área metropolitana. Foto: EFE/Gastón Britos.
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La OMM no atribuye esos problemas nacionales a la situación mundial de 2025. Su informe aporta otra dimensión: las presiones locales sobre la calidad del agua actúan ahora dentro de un ciclo hidrológico más variable y con menores márgenes de seguridad.
Una cuenca contaminada es vulnerable. Una cuenca contaminada que además recibe menos agua puede serlo todavía más.
La crisis no es solamente la falta de agua
La crisis hídrica mundial no tiene una única expresión. Algunas regiones atraviesan sequías persistentes y caudales excepcionalmente bajos. Otras sufren precipitaciones torrenciales e inundaciones capaces de destruir viviendas, infraestructuras y medios de vida.
Asia y África concentraron al menos la mitad de los fenómenos extremos relacionados con el agua registrados durante los últimos cinco años y más del 80 % de las muertes asociadas notificadas.
La alternancia entre escasez y exceso demuestra que el problema no consiste únicamente en recibir menos precipitaciones. También reside en la dificultad para anticipar, almacenar y distribuir un recurso que se vuelve cada vez más irregular.
Las consecuencias tampoco se reparten por igual.
Las comunidades con peores infraestructuras, viviendas situadas en zonas inundables, menor acceso al saneamiento o una dependencia directa de los ecosistemas suelen quedar más expuestas. Para ellas, la crisis del agua puede significar pérdida de cultivos, contaminación, desplazamientos, enfermedades o interrupciones en el abastecimiento.
Por eso, detrás de los datos hidrológicos existe una cuestión social. Hablar de agua es también hablar de desigualdad, territorio, producción, salud pública y capacidad del Estado para proteger a las poblaciones más vulnerables.
Más observaciones, pero todavía grandes vacíos
La edición de 2025 fue elaborada con información de 68 países y más de 3.000 estaciones de medición fluvial. Cinco años antes, la primera edición de esta serie había trabajado con datos de siete países y solo 14 estaciones.
La expansión mejora la comprensión del ciclo hidrológico mundial, pero no elimina los vacíos. Sudamérica aportó cerca del 10 % de las estaciones de observación utilizadas en la evaluación.
El propio informe aclara que no ofrece diagnósticos nacionales detallados, datos brutos completos ni estrategias de gestión para cada cuenca transfronteriza. Sus conclusiones deben complementarse con los sistemas regionales y nacionales de monitoreo.
En Uruguay, esto exige leer el panorama mundial junto con la información disponible sobre el Santa Lucía, el río Negro, el río Uruguay, el Río de la Plata y los cursos urbanos.
Sin observaciones suficientes, una crisis puede detectarse tarde. Y cuando el agua escasea, se contamina o desborda, esa demora tiene consecuencias ambientales, sociales y económicas.
Planificar con un pasado que ya no alcanza
Durante décadas, la gestión del agua se apoyó en registros históricos para definir qué debía considerarse normal. La OMM plantea ahora una dificultad decisiva: esa normalidad pierde estabilidad.
Los ríos presentan con mayor frecuencia caudales extremos. Las aguas subterráneas se alejan de sus niveles históricos. Los glaciares retroceden y el almacenamiento continental disminuye.
Uruguay no aparece en el informe como un caso nacional independiente, pero forma parte de uno de los principales sistemas fluviales de América del Sur. Esa posición obliga a mirar más allá de sus fronteras, fortalecer el monitoreo y reducir las presiones que ya soportan sus propias cuencas.
También exige preguntarse si la infraestructura, la gobernanza y los modelos productivos actuales están preparados para un escenario en el que las condiciones habituales dejan de serlo.
El mensaje de la OMM es global, pero llega hasta cada río, humedal, embalse y toma de agua. Proteger el agua ya no consiste solamente en responder a la próxima sequía o inundación. Significa prepararse para un mundo donde el pasado ofrece cada vez menos certezas.

