Hace poco saltó una noticia que debería hacernos detener el paso: por primera vez en milenios, estamos siendo testigos de la domesticación forzada de los mapaches. Lo que parece una curiosidad biológica es, en realidad, un síntoma de nuestra propia desorientación. En nuestra búsqueda desesperada por reconectar con lo vivo, estamos cruzando una línea peligrosa: la del respeto por la alteridad.

El auge de la domesticación y la crisis de salud mental

Existió un mundo donde éramos parte de un equilibrio natural; la naturaleza nos permitió sobrevivir siendo de los seres más frágiles. En ese entonces, cada especie depredaba lo justo, permitiendo una coexistencia equilibrada. Fue allí donde establecimos una de las alianzas más nobles de nuestra historia: con los lobos. De sus antepasados no solo obtuvimos alimento, sino que saciamos la necesidad de un vínculo genuino de lealtad.

Sin embargo, a medida que creció nuestra especie, aumentó nuestra letalidad. Hoy, el respeto y la dignidad se imponen bajo nuestros parámetros y, sin embargo, caminamos con más carencias que nunca. Queremos «mascotizar» la vida silvestre. Deseamos que el animal silvestre se adapte a nuestra sala de estar, a nuestros horarios y caricias, sin preguntarnos si ese ser necesita —o desea— ser parte de nuestro mundo de cemento.

La asfixia de lo que nos «molesta»

Este fenómeno está ligado a la ecoansiedad. Ante el miedo de que los ecosistemas mueran, reaccionamos intentando «atrapar» lo que queda de naturaleza. Queremos traerla a casa, ponerle un collar y sacarle una foto. Uruguay no es ajeno a esto. Desde la histórica feria de Tristán Narvaja hasta las veterinarias actuales, seguimos amoldando especies a nuestro capricho doméstico.

Pero detrás de esa «mascota rara» que alguien exhibe en su living, se esconde una cifra aterradora. El tráfico ilegal de animales es uno de los negocios ilícitos más grandes del mundo, moviendo entre 8 y 10 billones de dólares anuales. Nuestro país no escapa a esta red. La demanda local por especies exóticas está en aumento. Alimenta un mercado donde aves, reptiles y arácnidos son arrancados de su hábitat para terminar sus días en una jaula o un terrario, despojados de su esencia.

Esta necesidad de compañía se transforma en violencia cuando el animal deja de ser funcional a nuestra comodidad. Es ahí donde el abrazo se vuelve asfixia. Pasamos del deseo de posesión a historias naturalizadas de crueldad, como el envenenamiento de mascotas simplemente porque «molestan o invaden». Aquí es donde la realidad golpea con la injusticia. Me he encontrado en la frustración de perder a un ser querido, para chocar con un sistema donde «simplemente era un animal».

Infografía de Ambienta sobre el impacto del tráfico de fauna y la domesticación ilegal de especies en Uruguay y el mundo.
El negocio detrás de la domesticación ilegal I Datos clave sobre el tráfico de fauna a nivel global y en Uruguay

¿Vínculo real o eco de nuestro vacío?

La desprotección gubernamental es la otra cara de la moneda. Lo desechable se hace evidente en la reproducción ilegal de perros en criaderos clandestinos, que operan bajo un supuesto manto de control que no es real.

Debemos cuestionarnos seriamente: ¿Por qué necesitamos que un animal salvaje se convierta en nuestro juguete para sentirnos conectados con el planeta? ¿No será que nuestra incapacidad de respetar el hábitat de un mapache, de un carpincho, de un cardenal amarillo o de un tero, es la misma que nos llevó a destruir el clima?

La verdadera salud mental vendrá de la capacidad de admirar lo salvaje desde la distancia justa. Si no aprendemos a respetar el silencio del bosque y la autonomía de sus habitantes, seguiremos siendo seres profundamente solos, rodeados de animales domesticados que solo son el eco de nuestro propio vacío. Amar la naturaleza también es saber dejarla en paz. El desafío es aprender a proteger sin poseer; de lo contrario, seguiremos asfixiando aquello que decimos amar.


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Psicóloga y Neuropsicóloga. Fundadora de Salud Integrativa Uruguay, promueve el bienestar integral explorando la ciencia de la mente, la humanización del cuidado y la conexión con la naturaleza.

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