Nota del Editor: En esta entrega especial para Ambienta, el Dr. Marcos Sommer analiza una paradoja crítica de nuestra soberanía: la ceguera científica sobre el mar uruguayo. A pesar de poseer una extensión marítima que supera la superficie terrestre, el país enfrenta una alarmante falta de barcos de investigación propios, una carencia que condiciona nuestro futuro ambiental y económico.
Uruguay suele verse como un país pequeño y terrestre. Sin embargo, su realidad es oceánica. Mientras que el territorio continental abarca 176.215 km², el espacio marítimo bajo su jurisdicción supera los 205.000 km².
Si sumamos la extensión de la plataforma continental —según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS)— el área marítima vinculada al país supera los 380.000 km². En términos simples: Uruguay posee más mar que tierra.
Esta cifra debería ser central en la planificación del país. No obstante, la realidad es preocupante: Uruguay no tiene hoy un barco científico moderno para monitorear sus aguas. No es un detalle menor. Es una debilidad estratégica que golpea la soberanía, la gestión ambiental y el desarrollo de la economía azul.

Un territorio a ciegas
La oceanografía moderna depende de observaciones directas en el mar. Variables críticas como la temperatura, las corrientes, la biodiversidad y los niveles de contaminación solo pueden evaluarse mediante campañas científicas regulares. Sin barcos de investigación, ese conocimiento esencial simplemente no se genera.
Esta carencia de infraestructura ciega al país en áreas clave. Uruguay enfrenta hoy limitaciones severas para evaluar el estado real de sus recursos pesqueros o monitorear la contaminación en el Río de la Plata y la costa atlántica. Tampoco cuenta con los medios para estudiar los cambios en la biodiversidad marina, analizar los impactos de la industria offshore o comprender cómo el cambio climático afecta a nuestros ecosistemas costeros.
Lo cierto es que poseemos un vasto territorio oceánico, pero carecemos de herramientas propias para observarlo. En el siglo XXI, un país que no monitorea su mar es un país que difícilmente pueda gestionarlo con éxito.
«En términos simples: Uruguay posee más mar que tierra. Una debilidad estratégica que golpea la soberanía y el desarrollo de la economía azul».
Dependencia científica en la pesca
La pesca es el ejemplo más claro de nuestra debilidad estructural. Muchas poblaciones de peces en el Río de la Plata y el Atlántico Sudoccidental ya muestran señales de sobreexplotación. Esto exige evaluaciones constantes sobre el estado de los recursos para evitar su agotamiento.
Sin embargo, Uruguay ha dependido históricamente de campañas científicas argentinas para obtener datos sobre sus propios peces. Esta dependencia nos quita autonomía. Sin datos independientes, es imposible diseñar políticas pesqueras sostenibles o defender nuestros intereses en negociaciones regionales.
El riesgo del colapso no es una hipótesis, es una advertencia documentada. A través de mis investigaciones y de documentos globales como el filme “The End of the Line” (El fin de la línea), hemos alertado sobre el peligro inminente de la sobrepesca si no se actúa bajo evidencia sólida. Hoy, Uruguay gestiona sus recursos con información externa o incompleta, una situación que erosiona directamente nuestra soberanía científica.

Contaminación frente a Colonia: el colector argentino
La falta de monitoreo oceanográfico es crítica. Lo vemos frente a las costas de Colonia con la descarga del emisario subfluvial argentino. Este gigante del saneamiento de Buenos Aires se interna 12 kilómetros en el río. Allí vierte diariamente millones de metros cúbicos de aguas residuales. Es la descarga de una urbe de 15 millones de habitantes impactando directo en nuestro fondo estuarial.
Históricamente, se operó bajo una premisa: “el trabajo sucio lo debe hacer el Río de la Plata”. Como he advertido antes, esta visión es peligrosa. La dispersión de contaminantes no es lineal. Depende de vientos, mareas y corrientes complejas. Esto hace que los impactos sean difíciles de predecir.
Lo más preocupante es la falta de un monitoreo previo por parte de Uruguay. Hoy, uno de los emisarios más grandes del continente opera sin observación científica uruguaya independiente. Estamos permitiendo un riesgo ambiental en nuestro propio litoral. Lo peor es que lo hacemos sin los ojos científicos para medirlo.
Prospección sísmica y falta de seguimiento
En paralelo, Uruguay ha autorizado campañas de prospección sísmica offshore para la exploración de hidrocarburos en su plataforma continental. Estas operaciones generan ondas acústicas de alta intensidad que pueden afectar a peces, tortugas, cetáceos y otros organismos marinos.
Sin embargo, el país no tiene barcos científicos nacionales. No podemos monitorear estos impactos en tiempo real. Esta carencia impide evaluar las consecuencias ambientales. Tampoco permite cumplir los compromisos de conservación. Uruguay autoriza actividades de alto impacto sin medios de control propios. Es una situación crítica para la soberanía y la protección del ecosistema.
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La generación pionera y el vacío de relevo
Uruguay tiene una verdadera tradición en oceanografía. Tras el cierre de la licenciatura al final de la dictadura, una generación pionera sostuvo la investigación marina durante más de 35 años. Ellos mantuvieron vivos los estudios de biodiversidad, las evaluaciones pesqueras y la producción científica.
Sin embargo, la interrupción de la enseñanza sistemática impidió crear un relevo generacional. El conocimiento práctico se concentró en muy pocos investigadores. Aunque existe un registro en publicaciones, no se logró consolidar la transmisión de esa experiencia a los nuevos profesionales.
Como advertí en su momento, la formación de oceanógrafos debe ser continua. Solo así se puede garantizar una capacidad científica estratégica para el país.

Rehabilitación de la Licenciatura y paradoja actual
La Facultad de Ciencias rehabilitó recientemente la Licenciatura en Oceanografía y creó el Instituto de Ciencias Oceánicas. Este proceso representa una oportunidad histórica para reconstruir la capacidad científica nacional.
Sin embargo, persiste la paradoja: se intenta formar nuevos profesionales en un país que no dispone de barcos de investigación adecuados. La oceanografía es una ciencia de campo; requiere campañas en mar abierto, instrumentación avanzada y experiencia práctica directa. Sin esta infraestructura, la formación académica queda incompleta y limitada.
Costos de investigación oceanográfica
El costo suele ser el argumento más frecuente para explicar la falta de infraestructura. Por ejemplo, el Falkor (too), un barco científico de alta gama, tiene costos operativos de entre 50.000 y 70.000 USD por día. Sin embargo, un barco oceanográfico mediano, adecuado para la plataforma continental uruguaya, podría operar por una fracción de esa cifra. Sería suficiente para realizar campañas de monitoreo, estudios pesqueros y seguimiento ambiental. La inversión es muy rentable si se compara con los beneficios en conocimiento, gestión ambiental y desarrollo económico.
Comparación regional
Nuestros vecinos han avanzado considerablemente en esta área. Argentina cuenta con el ARA Puerto Deseado y el Víctor Angelescu, dedicados a la investigación pesquera y oceanográfica. Brasil dispone del Alpha Crucis, buque de la Universidad de São Paulo para estudios marinos, mientras que Chile opera el Cabo de Hornos, un barco de última generación con laboratorios para campañas profundas. Esta comparación evidencia nuestra brecha estructural: Uruguay posee un territorio marítimo amplio, pero su infraestructura científica es insuficiente.
Bioeconomía azul y futuro
El océano representa la frontera del desarrollo sostenible. La bioeconomía azul integra la pesca responsable, el transporte marítimo, el turismo, las energías renovables y la biotecnología marina. En este escenario, la investigación científica es la herramienta que permite identificar oportunidades estratégicas, proteger los ecosistemas y generar valor económico real.
Sin barcos ni sistemas de monitoreo, Uruguay pierde la capacidad de aprovechar su propio mar. Esta carencia afecta no solo nuestra soberanía y biodiversidad, sino también el potencial desarrollo económico del país a largo plazo.
Reflexión final
Uruguay posee más mar que tierra, pero carece de la infraestructura científica necesaria para conocerlo y gestionarlo. Al no contar con barcos de investigación ni monitoreo independiente, y al depender de datos externos, el país renuncia silenciosamente a su soberanía científica y ambiental.
Nuestra historia demuestra que la ciencia sin herramientas pierde impacto. Ignorar el océano —un recurso estratégico y fuente de bioeconomía— sería un error que compromete el futuro nacional. Uruguay debe invertir en ciencia oceánica, formar nuevos profesionales y construir barcos propios. El futuro de la nación también se juega en el mar.
Más información y fuentes:
- FAO: Estado mundial de la pesca y la acuicultura 2020.
- UNESCO: Década de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible.
- Investigaciones del autor: El Dr. Sommer ha publicado extensamente sobre biodiversidad marina, pesca de arrastre y la necesidad de rehabilitar la oceanografía en Uruguay en la Revista Pesca y otros portales especializados.
Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.


