Hay una idea que todavía cuesta instalar en el debate público: la salud humana y el estado del ambiente son la misma cosa. No dos temas distintos que a veces se cruzan, sino una sola realidad. Cuando el planeta funciona bien —con ecosistemas estables, agua limpia, un clima predecible— las enfermedades se contienen. Cuando lo forzamos más allá de sus límites, nos enfermamos. Así de directo.

«Cuando el planeta funciona bien, las enfermedades se contienen. Cuando lo forzamos más allá de sus límites, nos enfermamos».

El ambiente es uno de los principales determinantes de la salud, ya que las condiciones del entorno pueden favorecer o perjudicar el bienestar físico, mental y social. Cuando el cambio climático desborda los límites naturales de la Tierra, las consecuencias más inmediatas no se ven solo en el termómetro: se ven en los centros de salud.

Nueve líneas que no deberíamos cruzar

Los científicos del Centro de Resiliencia de Estocolmo identificaron nueve límites planetarios: umbrales que, si se superan, pueden desestabilizar el sistema Tierra de manera irreversible. Hablamos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de los océanos, el ciclo del nitrógeno y el fósforo, el uso del agua y del suelo, los aerosoles atmosféricos y el ozono estratosférico.

Varios de esos límites ya fueron cruzados. Y lo que estamos viendo en los sistemas de salud del mundo es, en parte, la factura de esas decisiones.

El clima como multiplicador de enfermedades

El cambio climático no es solo un problema de glaciares y osos polares. Sus efectos sobre la salud son concretos, medibles y ya están ocurriendo:

  • Vectores en expansión. Las temperaturas más altas favorecen la proliferación de mosquitos y otros vectores que transmiten enfermedades como el dengue, el zika o la malaria, en regiones donde antes no existían.
  • Fenómenos extremos. Los eventos climáticos extremos —olas de calor, inundaciones, sequías— generan muertes directas, desplazamientos masivos y crisis de salud mental.
  • Impacto alimentario. La inseguridad alimentaria crece cuando el calor y la falta de agua destruyen las coeficiencias, afectando la nutrición de millones de personas.
  • Brecha social. Los países más pobres y las comunidades más vulnerables pagan el precio más alto, aunque son quienes menos contribuyeron al problema.

El dengue que nadie esperaba en el Conosur

En 2023 y 2024, Argentina, Perú y otros países del Conosur vivieron brotes de dengue sin precedentes en su historia. Ciudades que nunca habían visto casos propios, sistemas de salud desbordados, y una pregunta que empezó a circular entre epidemiólogos y autoridades: ¿cómo llegamos hasta acá?

Operativo nocturno de fumigación contra el mosquito Aedes aegypti en Montevideo, vinculando las acciones de salud y ambiente.
Tareas de fumigación de mosquitos en espacios públicos de Montevideo I Foto Ignacio Turell

La respuesta no tiene un solo culpable. El alza sostenida de temperaturas extendió el rango del mosquito Aedes aegypti hacia latitudes y altitudes que antes le eran hostiles. La urbanización descontrolada generó criaderos perfectos en barrios sin acceso a agua potable. La movilidad de personas aceleró la dispersión del virus. Y los sistemas de salud, con capacidades muy desiguales entre países, no pudieron coordinarse a tiempo.

«Los sistemas de salud debieron coordinarse, pero las capacidades y respuestas fueron muy desiguales».

El período 2023-2027 será, según la Organización Meteorológica Mundial, probablemente el más caluroso jamás registrado. Si no actuamos sobre las causas, episodios como este se repetirán y se intensificarán.

Vivimos en el Antropoceno. Eso cambia todo

Los geólogos tienen un nombre para la era en que vivimos: el Antropoceno. La época en que la humanidad se convirtió en una fuerza capaz de alterar el planeta a escala geológica. Esto no es una metáfora. Nuestras decisiones económicas, energéticas y políticas dejan huellas en el suelo, en el agua, en el aire y en el clima.

Y si somos capaces de enfermar al planeta, también somos capaces de cuidarlo. Pero eso requiere abandonar la idea de que las políticas ambientales y las políticas de salud son asuntos separados. No lo son. Una decisión sobre cómo producir energía, cómo planificar una ciudad o cómo gestionar los residuos es también una decisión sobre la salud de las personas.

¿Qué se puede hacer?

No faltan acuerdos internacionales: el Acuerdo de París, la Agenda 2030, el Marco de Biodiversidad de Kunming-Montreal. Lo que falta es implementación real, con recursos y con urgencia. En términos concretos, necesitamos:

  • Planificación integrada. Incorporar la perspectiva ambiental en la planificación sanitaria, desde los ministerios hasta los centros de salud locales.
  • Monitoreo adaptativo. Invertir en sistemas de vigilancia epidemiológica que incorporen variables climáticas y ambientales.
  • Soporte a vulnerables. Fortalecer los sistemas de salud en los países y comunidades más vulnerables al cambio climático.
  • Rediseño urbano. Apostar por ciudades más verdes, con menos cemento, mejor gestión del agua y menos desigualdad.
  • Estrategia de comunicación. Informar con claridad: la crisis climática es también una crisis de salud pública.

Una reflexión final

Frente a la evidencia científica y los desafíos urgentes que presenta el Antropoceno, se vuelve indispensable entender que la medicina no empieza en las guardias médicas, sino en el estado de nuestros ecosistemas. Es tiempo de asumir una certeza inapelable:

“El planeta es nuestra infraestructura de salud más fundamental. No hay sistema sanitario que funcione sobre un planeta roto. Cuidar el medio ambiente no es un lujo ni una causa idealista: es la condición básica para que los seres humanos podamos seguir viviendo bien”.


Referencias

Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.


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Licenciada en Enfermería (UdelaR) especializada en CTI Pediátrico y Neonatal. Estudiante de la Maestría en Gestión y Salud Pública (UCU), Mariana investiga la intersección entre el ambiente y la salud para promover normativas basadas en evidencia científica que aseguren un entorno seguro para las futuras generaciones.

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