Desde el 19 de octubre, representantes gubernamentales, científicos, organizaciones ambientales y pueblos indígenas participan en la COP17 del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) en Ereván, Armenia.
La conferencia se desarrolla en un momento decisivo: quedan menos de cuatro años para alcanzar las metas fijadas para 2030 en el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, el principal acuerdo internacional para detener y revertir la pérdida de naturaleza.
La reunión, que se extenderá hasta el 30 de octubre, es considerada una de las principales instancias internacionales para evaluar el cumplimiento de los compromisos adoptados en 2022 y para definir qué medidas serán necesarias para acelerar su implementación.
Sin embargo, la cumbre avanza bajo una señal de alarma.
Una región con el mayor declive de fauna monitoreada
Según el Informe Planeta Vivo 2026, elaborado por WWF y la Sociedad Zoológica de Londres (ZSL), las poblaciones monitoreadas de vertebrados silvestres disminuyeron en promedio un 73% a nivel mundial entre 1970 y 2022.
La situación es aún más preocupante en América Latina y el Caribe. El descenso alcanza el 95%, la cifra más alta registrada entre todas las regiones del planeta.
El informe se basa en el seguimiento de 35.803 tendencias poblacionales correspondientes a 5.790 especies de mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces.
Los autores aclaran que este indicador no significa que el 95% de las especies hayan desaparecido. El dato refleja la reducción promedio en el tamaño de las poblaciones estudiadas, una métrica utilizada para evaluar el estado general de los ecosistemas y la presión que enfrentan numerosas especies.
Los ecosistemas de agua dulce aparecen entre los más afectados, seguidos por los ecosistemas terrestres y marinos.
Qué está impulsando la pérdida de biodiversidad
El informe identifica la pérdida y degradación de hábitats como la principal amenaza para la biodiversidad.
Detrás de ese fenómeno se encuentran factores como la expansión de determinadas actividades productivas, la transformación de ecosistemas naturales, la contaminación y los efectos crecientes del cambio climático.
WWF sostiene que tres grandes sistemas económicos están vinculados a esta tendencia.
El primero es el sistema alimentario, asociado a la conversión y degradación de hábitats. El segundo es el sistema energético, relacionado con las emisiones que impulsan el cambio climático. El tercero es el sistema financiero, que continúa destinando recursos a actividades perjudiciales para la naturaleza.
Precisamente, una de las discusiones centrales de la COP17 es cómo movilizar financiamiento hacia la conservación. A su vez, cómo reducir los subsidios e incentivos que favorecen prácticas ambientalmente dañinas.

La meta de 2030 bajo examen
La COP17 representa la primera gran evaluación colectiva del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal.
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Ese acuerdo establece 23 metas para 2030, entre ellas conservar el 30% de las áreas terrestres y marinas, restaurar ecosistemas degradados, aumentar significativamente el financiamiento para la biodiversidad y reformar subsidios que generan impactos negativos sobre la naturaleza.
Para muchos observadores, la principal incógnita es si los compromisos políticos asumidos hace cuatro años podrán transformarse en medidas concretas durante el tiempo restante.
La pregunta adquiere especial relevancia para América Latina y el Caribe, una región que alberga algunos de los ecosistemas más importantes del planeta, incluyendo la Amazonía, extensos sistemas de humedales, arrecifes coralinos, bosques tropicales y vastas áreas marinas.
Hay señales de recuperación
A pesar del panorama general, el informe también identifica motivos para el optimismo. Aproximadamente la mitad de las poblaciones monitoreadas se mantienen estables o muestran tendencias de recuperación.
Entre los ejemplos citados se encuentran poblaciones de tortuga verde, atún rojo, tigres y elefantes del sur de África que crecieron gracias a programas sostenidos de conservación. En América Latina también existen experiencias alentadoras.
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WWF destaca que el monitoreo realizado en la región amazónica de Madre de Dios, en Perú, permitió identificar 75 jaguares mediante cámaras trampa. El hallazgo constituye una señal alentadora de que determinados ecosistemas aún conservan las condiciones necesarias para sostener poblaciones viables de grandes depredadores.
Otro ejemplo proviene del Golfo de Panamá. Allí, las medidas aplicadas al tráfico marítimo permitieron reducir en un 93% el riesgo de colisiones entre ballenas jorobadas y buques en apenas dos años.
Estos ejemplos sugieren que las acciones de conservación pueden producir resultados cuando cuentan con respaldo científico, financiamiento y continuidad en el tiempo.
De las promesas a la acción
Las discusiones que avanzan en la COP17 se desarrollan en un contexto marcado por una paradoja.
Por un lado, los indicadores muestran que la biodiversidad continúa deteriorándose a un ritmo preocupante. Por otro, existe una creciente evidencia de que la recuperación es posible cuando se reducen las presiones sobre los ecosistemas y se sostienen políticas de conservación efectivas.
La cuestión que deberán afrontar los delegados reunidos en Armenia es si la comunidad internacional será capaz de acelerar esos cambios antes de 2030.
Para América Latina, la región más biodiversa del planeta pero también la que registra el mayor declive de fauna monitoreada, la respuesta podría tener consecuencias directas sobre sus ecosistemas, su seguridad hídrica y alimentaria y el bienestar de millones de personas.

