La Escuela 100 Héctor Fígoli convirtió el parque Batlle en un aula viva donde niñas y niños investigan su entorno como un ecosistema urbano. En su ubicación histórica en el Estadio Centenario, desarrolló un programa ejemplar de educación ecológica urbana, impulsado por los talleres de EEPE (Enseñanza de Ecología en el Patio de la Escuela). La amenaza de desalojo revela cómo lo ambiental y lo político se entrelazan en cada decisión sobre el espacio público. El conflicto por su continuidad expone la tensión entre políticas públicas orientadas al espectáculo y proyectos ambientales que fortalecen el tejido social.


El posible cierre de la Escuela Nº 100 Héctor Fígoli

Por Emanuel Machín, especial para Ambienta.

El Estadio Centenario, ese templo laico donde la patria se canta desafinada pero convencida, se prepara para el Mundial 2030. Hay que lijar, pintar, modernizar, “poner a punto”. Y en esa puesta a punto, nos dimos cuenta de que bajo la tribuna Olímpica funciona desde hace décadas la Escuela pública Nº 100 Héctor Fígoli. Un espacio que ha demostrado que la educación puede florecer incluso en el subsuelo simbólico del espectáculo.

Más de doscientas niñas y niños asisten diariamente a este centro público de tiempo extendido (con comedor y jornada prolongada). Mientras arriba se grita un gol o se prueba el sonido para un recital, abajo se ensayan lecturas, se suma, se resta, se hacen preguntas.

Esa coexistencia -casi literaria- entre pasión y reflexión, ha sido durante años parte de la identidad del lugar. Pero cuando el estadio proyecta su futuro —sobre todo ante la inminencia de la Copa Mundial de la FIFA 2030— la escuela ha quedado en un segundo plano.

Decisiones en silencio

Hay decisiones políticas que muchas veces no se anuncian. Simplemente se ejecutan. No llegan con comunicado oficial, ni con explicaciones claras, ni con la molestia de mirar a los ojos a quienes serán afectados.

El posible cierre de la Escuela Nº 100, ubicada en el Estadio Centenario, es una de esas decisiones. Una decisión silenciosa, como si el silencio pudiera borrar pizarrones, mochilas, maestras y generaciones enteras de gurises que aprendieron a leer a la sombra del mayor símbolo futbolero del país.

El valor de tener una escuela inmersa en un parque urbano

La directiva y los docentes de la escuela han entendido algo esencial: en una ciudad donde los espacios verdes se reducen y se fragmentan, el entorno inmediato no es decoración, es contenido didáctico y pedagógico.

El parque Batlle es el aula perfecta, por esa razón durante el 2021 y 2022, sus docentes se formaron con los talleres de Enseñanza de Ecología en el Patio de la Escuela (EEPE). No fue una actividad fuera de contexto ni una experiencia aislada: se trabajó con el ciclo de indagación. Una metodología pedagógica basada en preguntas surgidas del entorno inmediato: observar profundamente y formular preguntas genuinas. También diseñar investigaciones, recolectar datos, analizarlos y comunicar resultados.

El ciclo de indagación y la autonomía intelectual

El ciclo de indagación tiene una fortaleza pedagógica notable. Promueve autonomía intelectual, vincula ciencia y ciudadanía. Transforma a los estudiantes en productores de conocimiento, no en meros receptores. Fomenta la curiosidad sostenida, la formulación de preguntas investigables propias y el trabajo colaborativo. En contextos urbanos como el de parque Batlle, además, fortalece el sentido de pertenencia y responsabilidad ambiental. Enseña que el mundo no se memoriza: se investiga.


Escuchá nuestro podcast: Ciudades que respiran: cómo transformar los espacios urbanos


El parque dejó de ser solo un espacio verde para convertirse en un objeto de estudio. Allí se exploró la dinámica ecológica —la biodiversidad urbana, los suelos, las especies vegetales y animales— pero también la dimensión social: quiénes lo usan, cómo lo usan, cómo se transforma con los eventos masivos, qué tensiones existen entre recreación, conservación y espectáculo. El entorno cotidiano se volvió un laboratorio vivo y un territorio de pensamiento crítico.

Alumno de la Escuela 100 investigando la biodiversidad y los organismos del suelo en el Parque Batlle.
La biodiversidad oculta del parque se vuelve visible y tangible para los estudiantes de la Escuela 100

Microecosistemas: el aprendizaje a escala humana

Aun cuando el patio o el parque parezcan pequeños en medio de la urbanización, su escala no limita el aprendizaje: lo potencia. En un contexto ambiental diminuto, cada detalle cobra relevancia. Se vuelve visible la complejidad de las interacciones ecológicas.

Un metro cuadrado de suelo puede revelar redes tróficas, ciclos de nutrientes, relaciones de competencia y cooperación. Esta cercanía permite que el aprendizaje sea situado, significativo y encarnado. Los estudiantes no estudian “la naturaleza” como un concepto abstracto, sino el ecosistema del que forman parte.

El ciclo de indagación, aplicado de manera sistemática, instala además una cultura escolar de investigación permanente. No se trata solo de enseñar contenidos socioecológicos, sino de formar una manera de mirar el mundo: con asombro, con rigor y con responsabilidad.

Innovación educativa y compromiso ciudadano

En tiempos de crisis climática y pérdida de biodiversidad, aprender a observar, preguntar y fundamentar con evidencia no es solo una competencia académica, sino una práctica ciudadana imprescindible.

Así, incluso en medio del cemento, la EEPE promueve y la escuela demuestra que la educación socioambiental no depende de grandes reservas naturales, sino de una decisión pedagógica. Reconocer que todo entorno, por pequeño que sea, puede ser una puerta de entrada al pensamiento científico y al compromiso con el cuidado de lo común.

Y eso, precisamente eso, es lo que el país dice buscar cuando habla de innovación educativa.

A través de los pasillos y las reuniones en ANEP se repiten palabras como “aprendizaje significativo”, “competencias científicas”, “pensamiento crítico”, “educación situada”. Pues bien: la Escuela 100 lo está haciendo. Con recursos modestos, pero con convicción pedagógica. Está formando niños capaces de investigar su entorno inmediato, de comprender las relaciones entre naturaleza y sociedad, de producir conocimiento desde su propio territorio.

Registro manuscrito de un alumno de la Escuela 100 sobre las características del árbol Espinillo.
El pensamiento crítico en papel registros de observación de flora nativa realizados por alumnos de la Escuela 100

La balanza entre el palco VIP y la escuela pública

No obstante, desde la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), han reconocido que la institución deberá reubicarse para permitir las obras de remodelación. La explicación es técnica. Podría ser razonable: seguridad, infraestructura, adecuación internacional.

Sin embargo, la dimensión pedagógica del espacio parece no haber pesado con la misma fuerza en la balanza. La Escuela 100 no cerraría por haber quedado vacía, ni porque haya fracasado, ni porque no cumpla una función social. Cierra porque estorba.

Porque en la lógica del evento internacional, una escuela pública vale menos que un palco VIP. Porque el futuro se piensa en términos de marketing y no de infancia.

El silencio administrativo y el relato oficial

El gobierno, mientras tanto, responde con su arma favorita: la nula respuesta. El silencio administrativo, ese viejo deporte nacional que no necesita estadio. Nadie explica, nadie asume. Nadie se hace cargo.

La educación queda, otra vez, en offside. Mientras el relato oficial corre por la banda del “prestigio internacional”, la “oportunidad histórica” y la “celebración de los 100 años”. Sin embargo, el aniversario será curioso. Cien años del primer Mundial y el cierre de una escuela pública que lleva el mismo número. Coincidencias que solo la desfachatez puede llamar casuales.

Se nos dice que el Mundial traerá progreso. Que dejará legado. Que el país estará en los ojos del mundo. Pero esos ojos parecen no mirar a los niños que pierden su escuela. Ni a las maestras desplazadas, ni a las familias obligadas a reorganizar su vida por una decisión tomada lejos. Muy lejos, de cualquier salón de clases.

El Centenario: gloria, memoria y paradoja

Este país aprendió hace tiempo a gritar goles como si fueran victorias morales. A llorar himnos más que injusticias. A emocionarse con una pelota mientras se desarma, sin escándalo, lo que debería ser intocable. La educación pública no se clausura de golpe. Se desgasta, se minimiza, se reubica y se justifica hasta que desaparece sin hacer ruido.

Y el Estadio Centenario, símbolo de gloria y memoria colectiva, se transforma en una paradoja gigante. Un lugar donde se celebra el pasado mientras se hipotecan pedazos del futuro. Porque no hay Mundial que valga más que una escuela, aunque el relato oficial insista en lo contrario.

Identidad futbolera frente a justicia cotidiana

No se trata de desmerecer el valor cultural del fútbol en Uruguay. El fútbol ha sido identidad, cohesión, memoria. Pero la pregunta es otra: ¿qué pesa más cuando las decisiones se concretan? ¿El derecho de una comunidad educativa a sostener su proyecto pedagógico en su territorio, o la urgencia de adecuar un escenario para el espectáculo?

Tal vez dentro de unos años, cuando las tribunas reluzcan y las cámaras internacionales enfoquen el césped perfecto, nadie recuerde que allí funcionó una escuela. Nadie, salvo quienes aprendieron a leer en ese lugar. Salvo quienes entendieron, demasiado temprano, que en este país a veces se prioriza el aplauso extranjero antes que la justicia cotidiana.

El costo simbólico de la pobreza

Hay una frase que resuena con ironía amarga: era un país tan, pero tan pobre, que gritaba más un gol que una injusticia. Tal vez la pobreza no sea material, sino simbólica. Cuando el entusiasmo colectivo eclipsa preguntas incómodas, algo se debilita en la conciencia pública.

El estadio se prepara para el mundo. La escuela 100, en cambio, prepara al mundo desde el estadio. Y en esa inversión sutil de prioridades se juega algo más que una mudanza. Se juega la pregunta por el lugar real que ocupa la educación cuando el espectáculo levanta la voz.

Emanuel Machín es Licenciado y Magíster en Ciencias Biológicas. Cuenta con más de diez años de trayectoria en ecología y educación científica en América Latina. Se especializa en la biodiversidad del Cono Sur. Su trabajo combina el rigor académico con una profunda convicción pedagógica sobre el territorio. Podés conocer más sobre su mirada en esta entrevista para Ambienta sobre su obra Guías de Flores del Sur.


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