Cada acción cotidiana en Internet contribuye a nuestra huella de carbono digital. Enviar un correo, mirar una película en streaming o publicar una foto parece inocuo, pero no lo es. Un simple mail con un adjunto de 1 MB puede generar hasta 35 gramos de CO2 según su tiempo de guardado. Una publicación en redes, apenas 0,02 gramos. Son cifras pequeñas. Sin embargo, al multiplicarse por millones de interacciones diarias, revelan un impacto que crece sin pausa.

Vivimos en un mundo hiperconectado. Hoy la sostenibilidad no se mide solo por los árboles que plantamos o el plástico que reciclamos. También se define por gestos simples. Cuántos correos eliminamos, cada cuánto hacemos limpieza digital o cuánto tiempo permanecemos desconectados. La huella digital es parte de nuestra vida y, aunque sea invisible, es profundamente real.

A nivel global, las Tecnologías de la Información y la Comunicación generan cerca del 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los expertos advierten que esa cifra podría duplicarse para 2040 si no cambiamos nuestros hábitos. La nube, la inteligencia artificial y los servidores que sostienen la red demandan un consumo masivo de energía. La huella de carbono digital abarca todo el ciclo: desde la minería para fabricar un procesador hasta la electricidad que enciende la pantalla donde lees esta nota.

Uruguay y su ecosistema digital

Terreno en Canelones donde Google inició en agosto de 2024 las obras de su mega centro de datos, proyectado para operar en 2027. (Foto: Gentileza)

En Uruguay, el debate cobra un matiz particular. El país posee una matriz eléctrica casi 100% renovable —eólica, solar, hidroeléctrica y biomasa—. Esta ventaja reduce la huella por kilovatio hora en comparación con países dependientes de combustibles fósiles. Sin embargo, la meta de convertirse en un polo tecnológico regional plantea nuevos interrogantes.

La Estrategia Nacional de Ciudadanía Digital 2024–2028, impulsada por AGESIC, advierte que el desarrollo tecnológico causa impactos ambientales irreversibles. Por eso, exige integrar la sostenibilidad en la gestión digital del Estado. El documento señala que fabricar dispositivos, operar plataformas y entrenar modelos de inteligencia artificial exige energía, agua y materiales. A su vez, estos procesos generan emisiones y residuos que el país debe gestionar con urgencia.

El data center de Google en Canelones

La llegada del centro de datos de Google en Canelones —Proyecto Teros— profundiza este debate. Con una inversión de 850 millones de dólares, el complejo consumirá cerca de 560 GWh al año. Esta cifra representa el 5% de la demanda eléctrica nacional. En su diseño inicial, la empresa planeaba usar 7,6 millones de litros de agua potable por día para refrigeración. Sin embargo, terminó adaptando el sistema para enfriar sus procesadores mediante aire.

Así lucirán las instalaciones del centro de datos de Google en Canelones, una megaobra adaptada para operar con enfriamiento por aire. (Foto: Cortesía)

El informe final del Ministerio de Ambiente suma dos datos clave. El centro de datos elevará las emisiones del país en 25.000 toneladas de CO2 equivalente por año. Además, generará 86 toneladas anuales de residuos tóxicos por el recambio constante de equipos electrónicos. Con su apertura prevista para enero de 2027, el impacto ambiental se convierte en un escenario inmediato para Uruguay.


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Cómo se genera la huella digital

Para comprender el origen de esta huella, basta seguir el recorrido de cualquier acción cotidiana. Cuando enviamos un correo, buscamos una dirección o vemos un video, activamos una maquinaria global que opera sin descanso.

El viaje comienza en los centros de datos. Son gigantescos complejos de servidores que procesan información las 24 horas. Estas instalaciones exigen electricidad constante y grandes volúmenes de aire o agua para su enfriamiento.

Desde allí, los datos viajan por cables submarinos, antenas y enrutadores que sostienen la conectividad del planeta. Finalmente, el proceso se completa en nuestros dispositivos. En ellos, la mayor carga ambiental proviene del consumo diario de energía y de un modelo de fabricación altamente extractivo.

Qué hacen otros países y qué podemos hacer nosotros

En distintos países, la huella digital ya integra las políticas públicas. Francia sumó la “sobriedad digital” a sus leyes. Alemania fija metas de eficiencia para centros de datos y exige reportes de consumo y emisiones. En los países nórdicos, la economía circular aplicada a la tecnología —reparación, reuso y mayor vida útil— es clave en su plan climático.

Uruguay aún no tiene un inventario oficial sobre su huella digital. Tampoco cuenta con reglas claras para el gasto de energía en el sector de la tecnología. Sin embargo, el país ya reconoce este tema en su Estrategia Nacional de Ciudadanía Digital. El paso hacia una red más grande y compleja abre un camino que otras naciones ya empezaron a andar.

Mientras este debate avanza, cada persona puede reducir su impacto con acciones simples. Borrar correos y archivos viejos, bajar la calidad del streaming, cuidar la batería de los equipos y usar los dispositivos por más tiempo son medidas breves pero efectivas. La huella digital es un reto global y cotidiano. Por eso, su reducción empieza en gestos mínimos que, al sumarse, logran un cambio real.

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Fotógrafa y artista plástica. Escribe para Ambienta sobre naturaleza, cultura y tecnología.

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