Una historia que empezó con pescadores
Mucho antes de la existencia de boyas oceanográficas, satélites o supercomputadoras, los pescadores artesanales de Perú y Ecuador ya lidiaban con la Oscilación del Sur. Habían observado que algunos años, precisamente cerca de Navidad, el agua del mar se volvía templada y la abundancia de peces desaparecía. Por esa coincidencia temporal con las fiestas religiosas lo bautizaron “El Niño”, en referencia al Niño Jesús.
Durante siglos se asumió que era una anomalía costera y local. Recién a mediados del siglo XX, gracias a las investigaciones de científicos pioneros como Gilbert Walker (quien descubrió los cambios de presión atmosférica) y Jacob Bjerknes (quien unió las piezas demostrando la interacción océano-atmósfera), se comprendió que el mar y el aire forman un sistema único, interdependiente y global.
No todos los Niños son iguales
Aunque suele hablarse de El Niño como un fenómeno homogéneo, la oceanografía moderna identifica diferentes variantes del evento:
- Niño del Pacífico Oriental. El calentamiento máximo se concentra de forma tradicional frente a las costas de Sudamérica.
- Niño Modoki. (Palabra que significa «parecido pero diferente» en japonés). En esta variante, el núcleo de aguas cálidas no llega a las costas americanas, sino que se queda estancado en el centro del Pacífico, flanqueado por aguas frías a ambos lados.
La diferencia entre un tipo y otro no es menor: modifica por completo la trayectoria de las teleconexiones atmosféricas y altera los impactos regionales. Por eso, dos eventos clasificados bajo el mismo nombre pueden producir consecuencias notablemente distintas en nuestro territorio.

Fuente NOAA PMEL
La Niña: el enfriamiento extremo
La Niña representa la fase opuesta del péndulo. En este escenario, los vientos alisios no se debilitan, sino que se fortalecen de manera significativa. Al soplar con mayor intensidad hacia el oeste, empujan todavía más agua templada hacia Asia, provocando un afloramiento masivo e inusual de aguas profundas, frías y ricas en nutrientes frente a Sudamérica.
El resultado es una extensa «lengua» de agua helada en el Pacífico ecuatorial que vuelve a reorganizar la atmósfera global de forma inversa:
- Las lluvias tropicales e inundaciones se concentran en Asia y Oceanía.
- El Pacífico oriental se vuelve un desierto meteorológico.
- En el Cono Sur, la atmósfera se estabiliza, bloqueando los frentes de tormenta y aumentando drásticamente la probabilidad de sequías.

Fuente NOAA PMEL
En Uruguay, La Niña es históricamente sinónimo de déficits hídricos prolongados. La reciente crisis del agua, que afectó al país entre 2020 y 2023 — y que impactó de forma directa en el abastecimiento de agua potable en Montevideo y la zona metropolitana — recordó, con crudeza, que estos fenómenos oceánicos no afectan solamente al agro. También tienen la capacidad de alterar la dinámica de la vida urbana y la geopolítica interna.
Cómo llega el impacto a Uruguay
Uruguay no tiene ventanas al Pacífico, pero sus cielos responden directamente a sus alteraciones. Cuando ocurre un evento de El Niño, el corredor de transporte de humedad sobre Sudamérica se desvía, generando transformaciones estructurales en nuestra meteorología:
- Aumenta el flujo de humedad transportado desde el Atlántico tropical y la Amazonia.
- Se intensifica la inestabilidad en los niveles medios de la atmósfera.
- Se genera un estancamiento de los sistemas frontales de tormenta sobre el Cono Sur.
El resultado más frecuente en Uruguay es una marcada tendencia al aumento en el volumen de las lluvias y una mayor frecuencia de eventos climáticos extremos. En la práctica, esto suele traducirse en riesgos latentes:
- Crecidas súbitas e inundaciones en las cuencas de los ríos Uruguay y Negro.
- Desplazamiento de poblaciones en zonas ribereñas del litoral.
- Saturación hídrica de suelos agrícolas que compromete los períodos de siembra y cosecha.
- Pérdidas logísticas severas en el transporte y la caminería rural.

Fuente NOAA PMEL
El Atlántico y el mar uruguayo también tienen voz
Sería un error conceptual caer en el «determinismo del Pacífico» y pensar que el ENSO decide, por sí solo, cada milímetro de lluvia. El Atlántico Sur —nuestro entorno oceánico inmediato— juega un papel crucial como moderador o amplificador. Sus propias anomalías de temperatura superficial y sus sistemas de alta presión (como el Anticiclón del Atlántico) pueden actuar como un escudo que amortigua los efectos de El Niño, o bien como un combustible que los potencia considerablemente.
Además, el impacto de El Niño, eventualmente, se propaga hacia el propio mar uruguayo. Las alteraciones en los vientos globales modifican las corrientes locales, afectando la descarga de la pluma del Río de la Plata y los patrones de surgencia en nuestra plataforma continental. Esto altera, de manera directa, la salinidad y temperatura del agua, impactando la distribución de los recursos pesqueros locales y la biodiversidad de nuestros ecosistemas costeros.
El desafío del cambio climático
Ni El Niño ni La Niña son anomalías modernas; han operado en el planeta durante milenios. Lo verdaderamente inédito es el escenario global en el que se desarrollan actualmente. En un planeta con una atmósfera y océanos con temperaturas récord debido al cambio climático antropogénico (provocado por la actividad humana), las reglas del juego están mutando.
Un océano global más cálido implica mayor energía acumulada. Esto puede traducirse en:
- Fenómenos más erráticos. Transiciones más rápidas y extremas entre fases cálidas y frías.
- Efectos amplificados. Olas de calor marinas más severas, sequías más prolongadas en fases Niña y precipitaciones extraordinarias durante fases Niño.
- Mayor vulnerabilidad. Una presión sin precedentes sobre la infraestructura urbana, los sistemas de agua potable y los suelos productivos de Uruguay.
Más que entender: prepararse
La oceanología y la climatología aplicadas al ENSO no persiguen un fin puramente teórico. Comprender la variabilidad del Pacífico es una herramienta de gestión política, económica y social de primer orden.
Contar con modelos científicos robustos permite diseñar políticas públicas basadas en la previsión: optimizar la gestión de las represas hidroeléctricas, planificar los seguros y calendarios agrícolas, robustecer los sistemas de alerta temprana de Inumet (organismo meteorológico de Uruguay) y las intendencias, y adecuar la infraestructura vial antes de que el agua llegue.
En un país expuesto a la variabilidad climática como Uruguay, la anticipación científica constituye una de las bases fundamentales de la resiliencia nacional.
Una noticia que conviene no perder
El Niño y La Niña no son frentes de tormenta que viajan por el mapa directo hacia nuestras playas. Son gigantescas reconfiguraciones energéticas en el océano Pacífico que terminan distorsionando el flujo del aire en todo el planeta.
Aunque Uruguay viva de cara al Atlántico, una parte sustancial de su destino productivo, hídrico y ambiental se define en el espejo de agua del otro lado del continente. Estudiar el Pacífico ya no es una tarea ajena ni un ejercicio teórico de oceanografía remota: es una de las herramientas más valiosas para anticipar el futuro climático del Río de la Plata.
El Niño no es una tormenta: cómo el Pacífico redefine el clima de Uruguay
Referencias científicas
- NOAA Climate.gov – El Niño and La Niña FAQ
- CIIFEN – Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño
- INUMET – Instituto Uruguayo de Meteorología
Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.

