En el marco del Día Mundial del Ambiente, el programa «Una buena charla» de Ciudad FM 90.7 (Los Cerrillos) convocó al director y fundador de Ambienta, Sergio Pesce, para reflexionar sobre un dilema central de nuestro tiempo: ¿por qué, si la evidencia científica sobre el colapso planetario es abrumadora, la sociedad no logra activar un cambio de conducta proporcional?
La conversación, conducida por Pamela Cuenca en un programa que contó también con la mirada científica de la bióloga local Stefany Horta, esquivó las cifras tradicionales para poner el foco en el relato. ¿Cómo se construye la información ecológica? ¿Por qué el mensaje muchas veces paraliza en lugar de movilizar?
A continuación, compartimos los ejes centrales de la entrevista y las definiciones de nuestro director sobre el rol del periodismo frente a las estructuras sistémicas y las luchas comunitarias en Uruguay.
El peligro de la abstracción: humanizar y territorializar el dato
—¿Cómo se informa sobre la crisis climática hoy y cuáles son los principales errores que se cometen al construir ese relato?
—Hoy se informa sobre la crisis climática de dos maneras que a veces fallan: o desde una selva de datos científicos hipercomplejos que el ciudadano común siente ajenos, o desde el catastrofismo puro. Parecería que el cambio climático solo le pasa a los osos polares o al deshielo de la Antártida, algo que vemos en la televisión y sentimos lejano.
El gran desafío actual —y lo que intentamos hacer en el periodismo ambiental— es territorializar la información. El cambio climático no es un concepto abstracto de la ONU: es la sequía que afecta al productor de Los Cerrillos, es la calidad del agua de nuestros pozos, es el precio de la verdura en la feria el fin de semana.
Y en Uruguay esto es evidente: la expansión de los monocultivos, la presión sobre el agua, la prospección sísmica o los impactos de los agroquímicos no son debates técnicos, son realidades que atraviesan la vida cotidiana.
De hecho, desde Ambienta venimos investigando —mediante pedidos de acceso a la información pública— a 25 empresas que llevan cinco años operando en nuestro país sin control ambiental operativo. Actualmente el Ministerio está bajo prórroga legal para entregarnos los datos. Es ahí donde el periodismo tiene que pararse: no en decirle al vecino cómo reciclar, sino en poner la lupa sobre las omisiones del Estado y de las corporaciones. Informar hoy debe ser sinónimo de humanizar el dato y mostrar cómo la crisis se expresa en el territorio que habitamos.
La trampa del «nuevo hombre verde» y la culpa individual
—¿Qué se está haciendo bien y qué se está haciendo mal desde los medios en este momento?
—Lo que se está haciendo muy bien es el rigor: hoy tenemos más y mejor evidencia científica que nunca, y los periodistas especializados estamos mucho más formados.
Pero lo que se hace mal —y esto es una autocrítica para el sector— es construir un relato basado en la culpa individual. Ahí aparece lo que Sergio Federovisky llamó el «nuevo hombre verde»: un ciudadano al que se le transfiere la responsabilidad de resolver la crisis ambiental mientras los modelos productivos, las políticas públicas y las corporaciones permanecen intactos. Es la figura del individuo que “debe hacer su parte”, aunque su impacto sea marginal frente al peso de las decisiones estructurales.
Le cargamos la mochila al vecino: le decimos que el planeta se destruye porque compró una bolsa de plástico o no lavó un frasco. Pero el ciudadano cae en la bolsa de plástico porque el sistema está diseñado para que lo más fácil sea lo menos sustentable. El relato no puede centrarse en culpar a la gente: tiene que cuestionar las estructuras, exigir políticas públicas y, sobre todo, mostrar las alternativas comunitarias que ya existen. Solo así salimos de la lógica del “hombre verde” y recuperamos un ambientalismo que vuelva a ser político y colectivo.
Romper la parálisis a través de la potencia colectiva
—¿Por qué el mensaje ambiental muchas veces no llega, o llega y paraliza en vez de movilizar a las personas?
—El mensaje paraliza porque el miedo es un pésimo movilizador a largo plazo. Psicológicamente, cuando te bombardean con que el fin del mundo es inevitable y que nosotros somos el problema, el cerebro se defiende y se desconecta. Aparece la ecoansiedad o la apatía: «Si todo está perdido, ¿para qué me voy a esforzar?». El conocimiento por sí solo no cambia conductas.
Lo que realmente moviliza es la narrativa de la potencia, no de la carencia. La gente no se activa por un gráfico complejo en un informe de científicos de la ONU; se activa cuando ve la fuerza de las movilizaciones socioambientales. Lo vimos acá en Uruguay con la resistencia al proyecto de Punta Ballena, con la movilización contra el proyecto Arazatí, o con el colectivo Mar Libre de Petroleras.
Ahí confluyen la academia, los activistas y los ciudadanos de a pie. Nos movemos por el deseo de defender lo nuestro, por el contagio comunitario y por pertenecer a una solución viva, no por el terror a una catástrofe inevitable.
El programa completo de «Una buena charla», emitido por Ciudad FM 90.7, puede visualizarse y escucharse a través de este enlace directo al programa en su canal de YouTube. Asimismo, el equipo comparte fragmentos y las repercusiones de cada emisión en su cuenta oficial de Instagram @unabuenacharlafm.

