En 1982, investigar en Uruguay significaba mucho más que formular preguntas científicas y buscar respuestas. También implicaba trabajar en un país bajo dictadura, enfrentar controles estrictos para acceder a los puertos y desarrollar una investigación con recursos materiales muy limitados.

En ese contexto, seis estudiantes de la Licenciatura en Oceanografía emprendimos un trabajo original sobre un fenómeno que, aunque suele pasar inadvertido, tiene importantes consecuencias para las actividades marítimas: el biofouling, es decir, la colonización de superficies sumergidas por organismos vivos.

Nuestra motivación no era únicamente académica. El fenómeno tenía consecuencias prácticas para la navegación, la pesca y el mantenimiento de las instalaciones portuarias. La acumulación de organismos en los cascos de los barcos puede aumentar la resistencia al avance y el consumo de combustible, mientras que la colonización de tuberías y estructuras sumergidas puede afectar su funcionamiento y exigir tareas de mantenimiento. Estudiar estos procesos significaba, por tanto, investigar un problema biológico con implicaciones económicas concretas.

Yo fui uno de aquellos seis estudiantes. El científico argentino Ricardo Bastida, pionero en los estudios sobre las comunidades de organismos que colonizan superficies sumergidas, orientó nuestras tesis. La realización de una investigación original era un requisito para obtener la Licenciatura en Oceanografía. No se trataba, por tanto, de un ejercicio académico más, sino de una oportunidad para aprender a investigar en contacto directo con el ambiente marino.

Después de graduarme como Licenciado en Oceanografía Biológica, asumí la responsabilidad de dar continuidad al proyecto. Esa etapa posterior fue distinta de la formación inicial: ya no se trataba solamente de desarrollar una tesis, sino de sostener una investigación que exigía planificación, trabajo de campo, observaciones sistemáticas y mucha perseverancia.

Cuatro puertos como laboratorios naturales

El estudio se desarrolló durante un año en cuatro puertos uruguayos: Montevideo, Piriápolis, Punta del Este y La Paloma. La financiación provenía de UNESCO-UNDECIMAR. Nuestro objetivo era estudiar cómo se establecían y desarrollaban las comunidades biológicas sobre superficies sumergidas y cómo variaban sus características a lo largo del tiempo (véase la figura 1).

Vista aérea del Puerto de Montevideo escenario de estudios de oceanografía en Uruguay.
Figura 1 I Los puertos uruguayos fueron los escenarios de un estudio de un año sobre la colonización biológica de superficies sumergidas I Fotografía de Fedaro 2017 Wikimedia Commons Licencia CC BY SA 40

Para hacerlo, colocábamos placas en los muelles y dejábamos que los organismos presentes en el ambiente portuario las colonizaran. No eran simples objetos sumergidos: funcionaban como superficies de observación que nos permitían seguir un proceso biológico complejo, difícil de comprender si solo se examina una comunidad en un momento determinado.

Utilizábamos placas con distintos períodos de exposición acumulada: dos, tres, cuatro meses y así sucesivamente, hasta llegar a doce meses. Esta estrategia permitía estudiar la biomasa que se acumulaba y observar cómo evolucionaba la comunidad a medida que transcurría el tiempo de inmersión (véase la figura 2).

Esquema de colocación de placas para el estudio de oceanografía en Uruguay.
Figura 2 I Las placas con diferentes tiempos de inmersión permitían estudiar la acumulación de biomasa y los cambios de las comunidades a lo largo del tiempo I Fotografía de Marcos Sommer

Buceo, placas y parámetros ambientales

También empleábamos paneles de acrílico y madera para investigar la fauna perforadora de la madera. Estos paneles se reemplazaban mensualmente y su colocación y recuperación requerían trabajo con equipos de buceo autónomo (SCUBA). Cada superficie, cada período de exposición y cada cambio mensual formaban parte de un procedimiento que debía repetirse con cuidado para que las observaciones fueran comparables.

Acompañábamos estos trabajos con mediciones de parámetros ambientales como la temperatura, la salinidad, pH y la luz. Estas variables ayudaban a interpretar las condiciones en las que se desarrollaban los organismos. Porque la vida que coloniza una superficie no depende únicamente de que esta se encuentre bajo el agua: también responde a las características del ambiente que la rodea.

Una superficie limpia y un mundo que comienza a colonizarla

Para comprender la importancia de aquellas placas, hay que detenerse en lo que ocurre cuando un material entra en contacto con el agua de mar.

La colonización comienza mucho antes de que podamos distinguir un organismo a simple vista. En cuestión de segundos o minutos, moléculas orgánicas disueltas se adhieren a la superficie y forman una película acondicionadora. Esta primera capa modifica las propiedades del material y prepara el terreno para la llegada de otros organismos.

Durante las horas y los días siguientes pueden establecerse bacterias, hongos y diatomeas, entre otros microorganismos, que forman una película biológica o biofilm. Estos organismos producen sustancias que favorecen la adhesión y contribuyen a construir una matriz en la que se integran distintos componentes biológicos.

De la capa microbiana a las comunidades complejas

Con el paso del tiempo, la comunidad puede incorporar algas, pequeños invertebrados y otros organismos. A lo largo de semanas y meses, según las condiciones ambientales y las características de la superficie, pueden asentarse organismos de mayor tamaño, como balanos, mejillones, gusanos tubícolas, briozoos y ascidias. La comunidad se vuelve más compleja: sus integrantes compiten por espacio y alimento, y las especies que llegan primero pueden facilitar o dificultar la incorporación de otras (véase la figura 3).

Diagram of biofouling on submerged materials over time, from initial organic film to biofilm and macroincrustation, with bacteria, diatoms, protozoa, larvae, algae and shells.
Figura 3 I La colonización de una superficie sumergida es un proceso progresivo desde la película acondicionadora y el biofilm microbiano hasta el establecimiento de comunidades de organismos visibles

Este proceso no sigue necesariamente una secuencia idéntica en todos los lugares. Depende de la temperatura, la salinidad, la luz, la disponibilidad de organismos y las propiedades del material sumergido, entre otros factores.

Por eso era importante mantener placas durante períodos diferentes, desde los primeros meses hasta un año. Una observación aislada podía mostrar qué organismos estaban presentes en un momento determinado; las exposiciones acumuladas permitían investigar cómo se modificaban la biomasa y la composición de la comunidad con el tiempo.

El biofouling no es, entonces, una simple acumulación de organismos sobre una superficie. Es un proceso ecológico dinámico, con implicaciones prácticas para los cascos de los barcos, los muelles, las estructuras portuarias y los materiales que permanecen sumergidos. Comprenderlo exige observar, comparar y volver al lugar de estudio una y otra vez.

El trabajo comenzaba antes del amanecer

La investigación también tenía una dimensión que difícilmente aparece en una descripción de los métodos científicos: la rutina cotidiana del trabajo de campo.

Los preparativos comenzaban a las cinco de la mañana. A las siete ya estábamos en la carretera. Viajábamos en la caja abierta de un camión, sentados en un banco, con los materiales necesarios para realizar las tareas previstas en cada puerto. Una vez allí, debíamos trabajar con los equipos húmedos y continuar el recorrido de acuerdo con el plan establecido.

Las jornadas se prolongaban con frecuencia hasta las diez de la noche. Prácticamente no había tiempo para almorzar: comíamos algo rápido y seguíamos adelante. Cuando las condiciones meteorológicas impedían completar el trabajo en Montevideo, debíamos dedicarle una segunda jornada.

Las campañas se repetían mensualmente. No bastaba con visitar los puertos una sola vez; era necesario volver, recuperar las placas, sustituir los paneles, instalar los nuevos materiales y mantener la continuidad de las observaciones. La investigación dependía de esa regularidad (véase la figura 4).

Muestras de paneles sumergidos recuperados para la investigación de oceanografía en Uruguay.
Figura 4 I El seguimiento mensual exigía recuperar y sustituir paneles mediante buceo autónomo además de conservar cuidadosamente las muestras I Fuente Carmen Schloeder Smithsonian Tropical Research Institute STRI

La rutina en el laboratorio y la preservación de muestras

Al regresar, el trabajo todavía no había terminado. Había que conservar las muestras, preparar el material para su estudio y lavar todos los equipos utilizados. La campaña no concluía simplemente cuando volvíamos a casa: una parte esencial del trabajo consistía en cuidar las muestras y dejar todo listo para la siguiente salida.

Investigar en aquellos años exigía una dedicación constante. Sin las tecnologías actuales ni los sistemas automatizados de observación, buena parte del trabajo dependía de la presencia directa en los puertos, de la recuperación de las placas y del registro cuidadoso de los datos. Era una ciencia que exigía esfuerzo físico, paciencia y continuidad; una ciencia hecha a pulmón, en contacto permanente con el mar y con la realidad portuaria.

Investigar bajo la dictadura

A las dificultades propias de una investigación de campo se sumaba el contexto político. Uruguay vivía bajo una dictadura y el acceso a los puertos estaba sometido a controles estrictos. Para desarrollar las tareas previstas, era necesario cumplir con las condiciones impuestas para entrar en las instalaciones portuarias.

No era un detalle secundario. La investigación científica necesita continuidad, planificación y acceso a los lugares donde se estudian los fenómenos. Cuando ese acceso está condicionado por controles ajenos al trabajo científico, cada campaña puede convertirse también en un desafío logístico.

A las restricciones se añadían las limitaciones materiales. Durante el invierno trabajábamos en un laboratorio sin calefacción. Disponíamos de un microscopio y tres lupas. Con ese equipamiento debíamos examinar las muestras y avanzar en el análisis de las comunidades estudiadas.

«La investigación necesita compromiso, sí, pero también condiciones dignas y recursos adecuados. El esfuerzo personal nunca debería utilizarse como argumento para justificar la falta de infraestructura».

No cuento estas condiciones para convertir las carencias en una virtud ni para afirmar que la ciencia deba hacerse sin recursos. Las cuento porque forman parte de la historia real de aquella investigación. El esfuerzo personal fue importante, pero nunca debería utilizarse como argumento para justificar la falta de infraestructura, equipamiento o apoyo institucional. La investigación necesita compromiso, sí, pero también condiciones dignas y recursos adecuados.

La oceanografía en Uruguay también tiene memoria

Cuando recuerdo aquel proyecto, no pienso únicamente en las placas sumergidas, los paneles de madera, las campañas interminables o las horas de laboratorio. Pienso también en una etapa de formación en la que seis estudiantes tuvimos que aprender a investigar haciendo investigación, bajo la orientación de Ricardo Bastida y en circunstancias que hoy merecen ser recordadas.

Aquella experiencia fue una parte de nuestra formación profesional y una contribución al conocimiento de los ambientes portuarios uruguayos. El trabajo se apoyó en la orientación científica, en la colaboración entre estudiantes y en la convicción de que era necesario observar sistemáticamente los procesos que ocurrían bajo la superficie.

La historia colectiva del conocimiento nacional

Las campañas también mostraron la importancia de investigar los problemas ambientales y tecnológicos en el propio territorio. Conocer las comunidades que colonizan las superficies sumergidas es una parte del conocimiento necesario para comprender y gestionar los ambientes portuarios. Pero no debemos atribuir a aquella investigación resultados o aplicaciones concretas que solo pueden establecerse a partir de sus datos y publicaciones.

La historia de la ciencia de un país no comienza cuando se inaugura una carrera, se crea una institución o se presenta un nuevo proyecto. Se construye con generaciones de estudiantes, docentes e investigadores que abren caminos, sostienen líneas de trabajo y transmiten conocimientos, muchas veces sin que su aporte ocupe el lugar que merece en la memoria colectiva.

«La ciencia no empieza cuando alguien la anuncia. Empieza cuando alguien se hace una pregunta, se arremanga y sale a buscar la respuesta».

Hoy, cuando hablamos de investigación marina, innovación y conocimiento para la gestión de nuestros puertos —temas que abordan el desafío de Uruguay ante un océano bajo presión—, conviene recordar también esas experiencias. No para vivir anclados en el pasado, sino para entender de dónde venimos y reconocer el trabajo que hizo posible avanzar.

Porque la ciencia no empieza cuando alguien la anuncia. Empieza cuando alguien se hace una pregunta, se arremanga y sale a buscar la respuesta. Y una sociedad que no recuerda a quienes construyeron su conocimiento corre el riesgo de confundir los comienzos con los nuevos anuncios.


Para profundizar


Publicado en Ambienta (En línea) | ISSN 2982-446X | Registro de Publicaciones Seriadas de la Biblioteca Nacional de Uruguay.


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Doctor en Ciencias Naturales por la Christian-Albrechts-Universität (Kiel, Alemania) y Licenciado en Oceanografía Biológica. Con más de 46 años de experiencia internacional, su trabajo une la investigación científica con la política ambiental y el desarrollo sostenible. Ha liderado proyectos de gestión técnica para la protección de ecosistemas marinos en Europa y América Latina.

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